La guerra de Irán amenaza el suministro de agua en Oriente Medio por su dependencia de las desaladoras

La guerra de Irán amenaza el suministro de agua en Oriente Medio por su dependencia de las desaladoras
La escalada bélica en Irán no amenaza solo el suministro de petróleo, también el de agua. En una región donde los Estados del Golfo concentran cerca de la mitad de la capacidad mundial de desalación y donde buena parte del abastecimiento urbano depende de grandes plantas costeras, los primeros daños sobre instalaciones de desalación han confirmado una vulnerabilidad que los ingenieros y analistas del sector llevan años señalando. Un ataque selectivo sobre unas pocas infraestructuras puede comprometer en cuestión de días la seguridad hídrica de países enteros.

La guerra ya ha dejado al menos dos episodios directamente vinculados a este sistema. Bahréin denunció el 8 de marzo que un dron iraní causó daños materiales en una planta desaladora, aunque las autoridades afirmaron después que el incidente no había afectado al suministro ni a la capacidad de la red. En paralelo, Teherán aseguró que un ataque estadounidense alcanzó una planta de desalación en la isla iraní de Qeshm y cortó el agua a unas 30 aldeas, una acusación que el mando militar de Estados Unidos negó públicamente. Además, varios medios internacionales de referencia han informado de daños menores por restos de misiles o interceptaciones en instalaciones vinculadas al binomio agua-energía en Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, lo que refuerza la idea de que estas plantas han entrado ya en el perímetro real de la guerra, aunque no siempre como blanco principal.

Desde el punto de vista técnico, la gravedad del problema no reside solo en que la región use desalación, sino en cómo la usa. Las grandes plantas del Golfo están en la costa, muy expuestas a misiles y drones, y muchas siguen asociadas a centrales eléctricas o a complejos de cogeneración, lo que multiplica el efecto cascada de un impacto sobre energía, bombeo, tratamiento y transporte.

Un informe del Banco Mundial subraya que los países del Consejo de Cooperación del Golfo han visto crecer de forma sostenida su dependencia de la desalación y que el bloque produce casi la mitad del agua desalinizada del planeta, pese a representar menos del 1% de la población mundial. Esa concentración de capacidad en pocos emplazamientos convierte la resiliencia del sistema en un problema de ingeniería estratégica, no solo de operación ordinaria.

Los países más expuestos son, sobre todo, los pequeños estados del Golfo. Kuwait y Bahréin figuran entre los casos más extremos, con una dependencia prácticamente total o casi total de la desalación para el agua de consumo. Qatar también aparece entre los sistemas más vulnerables por su elevada dependencia y por disponer de menos colchón territorial y de almacenamiento que Arabia Saudí o Emiratos. Omán obtiene alrededor del 86% de su agua potable de la desalación y Arabia Saudí en torno al 70% del suministro doméstico o potable, según distintas fuentes técnicas y oficiales.

En el caso emiratí, las cifras varían según se mida agua potable, agua distribuida o conjunto del balance hídrico, pero la dependencia sigue siendo muy alta, hasta el punto de que el país ha tenido que invertir en grandes reservas estratégicas subterráneas y en objetivos explícitos de almacenamiento de emergencia. Israel, fuera del Golfo pero dentro del mismo arco regional de estrés hídrico, obtiene alrededor del 80% de su agua potable de la desalación, aunque su sistema presenta una resiliencia muy superior por la escala de la reutilización de aguas depuradas y por una arquitectura de gestión más diversificada.

La diferencia entre países no es solo de porcentaje, sino de alternativas reales. Arabia Saudí conserva un margen comparativo mayor gracias a su tamaño, a la posibilidad de repartir producción entre el Golfo y el mar Rojo, a grandes conducciones interiores y al uso todavía significativo de acuíferos, aunque muchos sean fósiles y no renovables.

Reservas estratégicas

Emiratos ha desarrollado reservas estratégicas mediante almacenamiento en acuíferos y depósitos de emergencia, con proyectos en Dubái y Abu Dabi que buscan asegurar entre 45 y 90 días de abastecimiento en contingencia. Omán mantiene una combinación algo más flexible con presas, acuíferos y expansión del reúso de aguas residuales tratadas. En cambio, Bahréin, Kuwait y en gran medida Qatar disponen de menos profundidad estratégica: menos territorio, menos reservas naturales, menor diversificación de fuentes y una exposición costera muy marcada.

El reúso de aguas depuradas es, junto con el almacenamiento, la principal alternativa técnica a corto y medio plazo, pero no sustituye de forma inmediata a la desalación en abastecimiento urbano masivo. Israel es el caso más avanzado, con una reutilización de aguas residuales a gran escala para agricultura que libera recursos de mayor calidad para consumo humano.

En el Golfo, el Banco Mundial y otros organismos llevan años recomendando intensificar esa vía, así como reformar tarifas, reducir pérdidas y desacoplar progresivamente agua y energía. Bahréin y Omán tienen programas de reutilización en marcha, y Kuwait ha incorporado el reúso total a su estrategia hídrica, pero esas soluciones requieren redes separativas, tratamientos terciarios robustos, bombeos adicionales y tiempo de despliegue. No son una respuesta instantánea frente a un ataque sobre una gran planta costera.

Otro factor técnico clave es la concentración del riesgo. AP, citando análisis especializados, señala que más del 90% del agua desalinizada del Golfo procede de solo 56 plantas de gran tamaño. Eso significa que el sistema regional no falla de forma gradual, sino potencialmente por saltos: si cae una instalación crítica, o una subestación, o la tubería troncal que lleva agua a una gran ciudad interior, el impacto puede ser súbito. Un cable diplomático estadounidense ya advirtió hace años de que un daño severo en Jubail o en sus conducciones podría obligar a evacuar Riad en el plazo de una semana, una referencia que ha vuelto a circular estos días por el valor ilustrativo que tiene sobre la dependencia estructural del modelo saudí.

Riesgo de ciberataques

La propia arquitectura tecnológica añade complejidad. Aunque la ósmosis inversa ha ganado terreno por eficiencia energética frente a los procesos térmicos tradicionales, gran parte del parque histórico del Golfo sigue vinculado a configuraciones altamente intensivas en energía y a emplazamientos industriales complejos. Proteger una desaladora no es solo blindar membranas, tomas y emisarios. También implica asegurar suministro eléctrico, pretratamiento, química, bombeo de alta presión, depósitos, SCADA, telecomunicaciones y redes de distribución. A ello se suma el riesgo de ciberataques, cada vez más citado por los analistas, porque una planta puede quedar comprometida sin impacto cinético directo si fallan control industrial, calidad del agua o continuidad de proceso.

En ese contexto, los daños conocidos hasta ahora son limitados en comparación con el escenario máximo temido, pero el mensaje estratégico ya es inequívoco. La planta atacada en Bahréin no ha provocado una crisis de suministro, y la supuesta destrucción o avería de la instalación de Qeshm sigue envuelta en acusaciones cruzadas entre Irán y Estados Unidos. Sin embargo, el precedente ya existe y cambia la lógica de protección de infraestructuras críticas en la zona: la desalación deja de ser un activo meramente civil para convertirse, en la práctica, en objetivo militar de alto valor coercitivo. Para los países más dependientes, el problema no es tanto la pérdida de una planta aislada como la posibilidad de ataques repetidos sobre nodos de agua y energía que erosionen gradualmente la redundancia del sistema.

Oriente Medio ha construido durante décadas una seguridad hídrica basada en plantas cada vez más grandes, cada vez más eficientes y cada vez mejor conectadas, pero también cada vez más visibles y más atacables. La guerra con Irán está demostrando que la siguiente frontera ya no es solo abaratar el metro cúbico desalado ni descarbonizarlo, sino diseñar sistemas menos concentrados, más almacenables, más interconectados y más resistentes a daños físicos y digitales. En un entorno tan árido, la resiliencia del agua importa tanto como la del petróleo y, para algunos países del Golfo, probablemente más.

Redacción

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