La cicatriz elevada

La cicatriz elevada

Colegas ingenieros, permitidme empezar con un reconocimiento necesario a quienes nos precedieron: el Scalextric de Atocha no fue un error de cálculo, sino un éxito de la ingeniería de su tiempo. En 1968, proyectar una estructura de tres niveles en el corazón de Madrid fue un alarde de precisión técnica y una respuesta valiente al colapso de una ciudad que crecía exponencialmente; aquellos ingenieros resolvieron la movilidad con el hormigón como única arma frente al caos del desarrollismo. Sin embargo, cuando llegué a Madrid en 1990 para estudiar la carrera, me encontré con una capital que ya no quería ser una máquina de fluir, sino un lugar para estar. La demolición de aquel gigante fue nuestra primera gran lección de ingeniería inversa: entender que, a veces, el progreso consiste en desmontar lo construido para que la vida urbana respire, conectando directamente con lo que siempre defiendo como la arquitectura del habitar.

La operación ferroviaria que transformó el eje Atocha-Príncipe Pío a finales de los años 80, conocida como el Pasillo Verde Ferroviario, representó un hito de la ingeniería civil y el urbanismo integrador. Mediante la ejecución de túneles en mina y entre pantallas en un entorno urbano densamente consolidado, se logró reconectar la estación de Atocha con la antigua Estación del Norte (Príncipe Pío), liberando más de 160 hectáreas de suelo para uso público y residencial. Esta actuación fue pionera al demostrar que la infraestructura de transporte podía dejar de ser una barrera física para convertirse en el motor de la regeneración ambiental y social de la metrópoli.

Esta filosofía, que pone la escala humana en el centro del diseño, es la que ha permitido que Madrid recupere su fisonomía. La liberación del nudo de Atocha nos permite hoy disfrutar del Palacio de Fomento, el actual Ministerio de Agricultura. Esta joya de Ricardo Velázquez Bosco, brilla ahora con sus cerámicas y sus cariátides en todo su esplendor neoclásico. Es un edificio que hoy se abre a la ciudad con visitas, algunas de ellas teatralizadas, una reconciliación entre la institución y el habitante.

Esa misma plaza de Carlos V sigue siendo el epicentro de la vanguardia, demostrando que la arquitectura del habitar no está reñida con la gran infraestructura. No podemos entender este espacio sin el proyecto magistral de Rafael Moneo, quien en 1992 logró integrar la funcionalidad ferroviaria en un hito de ladrillo y luz. Su intervención fue quirúrgica, regalándonos ese invernadero tropical, un espacio de pausa en medio del asfalto. Sobre esa base de excelencia, asistimos ahora mismo a la obra de ampliación de la estación que, mediante una ingeniería de precisión subterránea, busca conectar la alta velocidad mientras el entorno se vuelve cada vez más peatonal.

Esta metamorfosis ha permitido que hitos como el Museo Reina Sofía de Jean Nouvel con sus patios que son ahora pulmones de sosiego que invitan a la permanencia, y su biblioteca, bajo esa icónica cubierta roja que parece flotar sobre el barrio de Lavapiés, es un templo donde se alcanza su máxima expresión estética. Incluso su restaurante y los conciertos que habitan sus plazas interiores demuestran que el espacio público recuperado tiene una rentabilidad social incalculable; ya no solo pasamos por aquí, ahora habitamos el museo.

Muy cerca, el CaixaForum de Herzog & de Meuron nos recibe con ese voladizo imposible que desafía la gravedad. Su escalera helicoidal y el vestíbulo previo son el preámbulo perfecto para las exposiciones que allí se albergan. Es aquí donde la ingeniería se vuelve invisible para cederle el protagonismo a la experiencia del usuario. Como bien decía el maestro Le Corbusier:

“La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz.”

Marta Montoya

Marta Montoya

Arquitecto. Jefa Servicios Técnicos en la Admón Local. Formadora (MBA). Socia de AMMDE y de ADPP.

4 thoughts on “La cicatriz elevada

  1. Magnífico artículo Marta, es verdad que el Scalextric hacía fluir el tráfico, fue una gran obra de ingeniería, pero eoprimía un poco y no dejaba brillar la estética de los edificio, ahora la zona está mucho mejor.
    Soterrar vías de comunicación mejora las ciudades, pero es un gran reto para los ingenieros, el subsuelo siempre es complicado y más rodeado de edificios, canalizaciones etc.
    Al final hay un mundo abajo y otro arriba que se mueven a distintas velocidades.
    Gracias por tu artículo.

    1. Muchas gracias por tu comentario. Has resumido muy bien esa dualidad: soluciones que en su momento fueron clave para la funcionalidad de la ciudad, como el “Scalextric”, pero que con el tiempo evidencian su impacto en la calidad urbana y en la percepción del espacio.
      Totalmente de acuerdo también con lo que comentas sobre el soterramiento. Es una gran oportunidad para recuperar ciudad para las personas, pero técnicamente es un desafío enorme por todo lo que ocurre en el subsuelo, que muchas veces no se ve pero condiciona todo.
      Esa convivencia entre el “mundo de arriba” y el “mundo de abajo” es, sin duda, una de las partes más complejas (y fascinantes) de nuestro trabajo.
      ¡Gracias por aportar una reflexión tan completa!

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