Europa tiene que recuperar la capacidad de fabricar

Europa tiene que recuperar la capacidad de fabricar

La preferencia comunitaria en la contratación pública puede proteger la industria europea frente a una competencia asimétrica. Pero ninguna cláusula de origen levantará por sí sola una fábrica, formará a un soldador o devolverá al continente una cadena de suministro desaparecida.

Durante décadas, Europa creyó que podía conservar el conocimiento y enviar la fabricación a otra parte. El continente diseñaría, regularía y financiaría, pero otros extraerían los minerales, producirían los componentes y ensamblarían los equipos. La industria pesada parecía una actividad del pasado, incómoda para sociedades que aspiraban a convertirse en economías limpias y sofisticadas. Hasta que las crisis nos recordaron que no existe soberanía tecnológica sin capacidad material.

La Comisión Europea acaba de proponer un nuevo Reglamento sobre contratación pública que permitirá favorecer a operadores y productos europeos, reservar determinados procedimientos y rechazar ofertas con una proporción insuficiente de bienes, servicios u obras de origen comunitario. La reforma trata de movilizar un mercado público equivalente a cerca del 15 % del PIB de la Unión para reforzar la autonomía estratégica y la seguridad del suministro.

La idea es comprensible. Durante demasiado tiempo, las empresas europeas han tenido que competir con proveedores respaldados por subvenciones, energía artificialmente barata, menores exigencias ambientales o mercados nacionales cerrados. Europa abrió sus licitaciones mientras otras potencias utilizaban la contratación pública para desarrollar campeones industriales. El resultado no ha sido siempre una competencia más eficiente, sino una dependencia más profunda.

Sin embargo, sería peligroso confundir una herramienta comercial con una política industrial. Los pliegos de contratación pueden orientar la demanda, pero no fabrican transformadores, turbinas, semiconductores, trenes ni electrolizadores. Una cláusula de preferencia no construye una fundición. Tampoco forma ingenieros, recupera proveedores desaparecidos o reduce el precio de la electricidad industrial. Si Europa obliga a comprar productos que ya no sabe producir en cantidad, plazo y coste razonables, la preferencia se convertirá en una prima por la escasez.

La capacidad industrial no consiste únicamente en disponer de una gran empresa que coloque su logotipo sobre el producto final. Detrás de cada infraestructura existe un ecosistema de materiales, componentes, talleres, laboratorios, instaladores y empresas de mantenimiento. Hay fabricantes de rodamientos, electrónica de potencia, válvulas, sensores, acero especial y sistemas de control. Cuando desaparecen varios eslabones de esa cadena, el producto puede seguir llamándose europeo, aunque dependa de componentes críticos fabricados a miles de kilómetros.

Por eso, la discusión sobre el origen debe ser técnicamente rigurosa. ¿Es europeo un aerogenerador ensamblado en la Unión con imanes, convertidores y acero importados? ¿Lo es una batería cuyo paquete se monta aquí, pero cuyas celdas y materias activas proceden del exterior? ¿Debe determinarse el origen por el domicilio de la empresa, por el valor añadido, por los componentes críticos o por el control de la tecnología? Una norma imprecisa favorecerá ese maquillaje industrial que consiste en trasladar a Europa las últimas operaciones del ensamblaje para obtener una etiqueta comunitaria sin modificar la dependencia real.

La contratación pública puede evitarlo si premia algo más que el código postal. Los criterios deberían valorar la profundidad de la cadena de suministro, la disponibilidad de repuestos, la capacidad de mantenimiento, la ciberseguridad, el consumo energético, la reparabilidad y el coste durante toda la vida útil. Un equipo ligeramente más caro puede resultar mejor inversión si permanece operativo durante treinta años, admite actualizaciones y no depende de un proveedor extranjero que pueda interrumpir el suministro.

También es necesario ofrecer a la industria una demanda previsible. Ninguna empresa construye una planta, contrata personal y certifica una nueva línea de producción para responder a una licitación aislada. Las administraciones deben anticipar programas de compra, coordinar calendarios y utilizar contratos de largo plazo cuando resulte razonable. La industria necesita saber no solo que Europa desea fabricar, sino qué productos necesitará, en qué cantidades y durante cuánto tiempo.

Esa previsibilidad debe acompañarse de mejores condiciones para producir. Europa no recuperará su base industrial mientras la energía sea estructuralmente más cara que en las economías competidoras, la conexión de una fábrica a la red tarde años y cada ampliación requiera atravesar un laberinto administrativo. Tampoco lo hará sin inversión en redes eléctricas, almacenamiento, agua industrial, ferrocarril de mercancías y puertos. La reindustrialización empieza mucho antes de la línea de montaje, comienza en las infraestructuras que permiten que una fábrica exista.

Y hay, además, una dimensión humana que suele quedar relegada en los documentos estratégicos. La industria europea no necesita únicamente investigadores y especialistas en inteligencia artificial. Necesita proyectistas, operadores, técnicos de mantenimiento, caldereros, electricistas, matriceros y soldadores. Recuperar la fabricación exige reconstruir la transmisión del conocimiento práctico, ese saber difícil de convertir en un manual y que se pierde cuando cierra un taller o se jubila una generación completa.

La preferencia europea también entraña riesgos. Si se diseña mal, puede reducir la competencia, elevar los costes públicos y proteger empresas ineficientes. El objetivo no debe ser aislar el mercado comunitario, sino corregir la falta de reciprocidad y preservar capacidades cuya pérdida tendría consecuencias estratégicas. La protección solo será defendible si sirve para que la industria invierta, innove y alcance escala, no si garantiza indefinidamente una clientela cautiva.

Europa necesita comprar europeo, pero sobre todo necesita volver a poder elegir productos europeos competitivos. La contratación pública puede proporcionar el primer pedido, facilitar una planta piloto o sostener la demanda durante los años iniciales. Después deben hablar la ingeniería, la productividad y la calidad.

Diego Jalón Barroso

Diego Jalón Barroso

Periodista y consultor de comunicación

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