Acumular baterías o ponerse las pilas
El Gobierno presentó en su día el llamado Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, todo un canto a la vida y a la felicidad de esa humanidad por la que tanto luchan Pedro Sánchez y su Gobierno. Y también desde ese mismo día todos los expertos advirtieron de su infinitas carencias e inadecuado enfoque. Ahora, en el tiempo de descuento de la legislatura, se anuncia la instalación de nuevas baterías para el tan necesario almacenamiento eléctrico. Pero tranquilos, porque mayormente son proyectos, solicitudes de permisos y tramitaciones administrativas que no almacenan un solo megavatio.
Los datos son casi siempre la mejor forma de evaluar una situación. En mayo de 2026, el sistema peninsular disponía de 3.547 MW de almacenamiento, de los cuales 3.331 MW correspondían a bombeo y solo 216 MW a baterías. Frente a ello, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima fija un objetivo de 22,5 GW para 2030, incluida la aportación de la solar termoeléctrica. Quedan tres años, faltan casi 19 GW y, sobre todo, una enorme cantidad de energía por almacenar que el propio plan ni siquiera se preocupa de concretar.
Es cierto que existen centenares de proyectos en distintas fases administrativas. Pero sumar expedientes produce una imagen engañosa. Muchos no superarán la tramitación ambiental, otros carecerán de conexión suficiente, algunos no encontrarán financiación y bastantes quedarán a la espera de un marco retributivo que permita recuperar la inversión. España puede exhibir miles de megavatios solicitados, pero no dispone de una senda creíble de construcción que permita pensar que alcanzará, ni remotamente, el objetivo del PNIEC.
Los proyectos Azor Solar, en Paracuellos de Jarama, y Mulhacén, en Esquivias, de los que este periódico informa esta semana suman unos 90 MW y alrededor de 317 MWh, pero se encuentran todavía en fase administrativa. Aunque lleguen a construirse, su duración será de cuatro y dos horas, respectivamente. Serán instalaciones necesarias para desplazar producción fotovoltaica del mediodía a la punta de la tarde, corregir desequilibrios y prestar servicios rápidos al sistema. Pero no podrán sostener la red durante varios días de baja producción renovable.
Uno de los problemas del PNIEC es la confusión elemental entre potencia y energía. La potencia, expresada en megavatios, indica cuánto puede entregar una instalación en un momento determinado. La energía, medida en megavatios hora, determina durante cuánto tiempo puede hacerlo. Una batería de 100 MW y dos horas almacena 200 MWh. Un bombeo de la misma potencia capaz de turbinar durante veinte horas dispone de 2.000 MWh. Sobre el papel ambos aportan 100 MW, pero para la seguridad del sistema, no ofrecen ni remotamente el mismo respaldo.
El PNIEC distingue nominalmente entre 12,5 GW de almacenamiento diario y semanal y 10 GW de almacenamiento “estacional”. Pero no traduce esos objetivos a gigavatios hora, no establece duraciones mínimas ni explica cuánta energía deberá permanecer disponible cuando coincidan varios días de escaso viento, poca radiación solar, alta demanda y limitaciones en las interconexiones.
Por eso el PNIEC es una…, perdón, no sirve como verdadera planificación de la seguridad eléctrica. Puede funcionar como documento de objetivos climáticos y nos permite preguntarnos si sueñan los políticos con deseos eléctricos, pero no responde a la pregunta decisiva: ¿cuántas horas o días puede mantenerse el suministro cuando falla la producción esperada? Llamar “estacionales” a 10 GW sin determinar la energía que podrán almacenar define muy bien la calidad de este plan.
Las baterías electroquímicas son imprescindibles. Responden en milisegundos, pueden ayudar al control de frecuencia y tensión, absorben excedentes solares y reducen las rampas que debe cubrir el resto del parque generador. Pero ni se están instalando al ritmo necesario ni su función natural, con las configuraciones actualmente proyectadas, va más allá del almacenamiento de corta duración, generalmente entre una y ocho horas.
Pretender que una futura acumulación de baterías de dos o cuatro horas resolverá también las necesidades de varios días o semanas conduce a un sistema sobredimensionado, caro y dependiente de tecnologías, componentes y materias primas importadas. Y confiar en que todos los proyectos anunciados llegarán a construirse antes de 2030 es una ridícula forma de autoengaño.
España necesita complementar las baterías con almacenamiento hidráulico de larga duración. Y en este terreno dispone de unas ventajas que otros países europeos no tienen: relieve, experiencia hidroeléctrica tanto en ingeniería como en construcción y una de las mayores redes de presas del mundo. El inventario estatal recoge más de 2.400 presas, de las cuales alrededor de 1.100 están catalogadas como grandes presas. No todas pueden transformarse en instalaciones reversibles, pero el patrimonio existente justifica, como mínimo, un inventario técnico nacional de emplazamientos con potencial de bombeo.
Frente a las baterías, el bombeo exige más inversión inicial y plazos de construcción mayores, pero ofrece una vida útil de muchas décadas, grandes volúmenes de energía y capacidad para cubrir desde las rampas diarias hasta periodos de varios días o semanas. Como me recordaba hace unos días mi amigo Paco Flores, Huelva constituye un muy buen ejemplo. El sistema Andévalo-Chanza-Piedras reúne embalses conectados, infraestructuras de impulsión y distintos niveles hidráulicos. En conjunto dispone de una capacidad próxima a los 1.000 hectómetros cúbicos y regula unos 200 hectómetros cúbicos anuales. Parte del agua ya se eleva desde el Chanza hacia Andévalo y continúa después hacia el sistema del Piedras.
El Gobierno que salga de las elecciones debería sustituir el PNIEC por un plan energético de verdad, elaborado con criterios de ingeniería y no de ideología. El primer cambio debe ser abandonar los objetivos expresados únicamente en gigavatios. El nuevo documento tiene que fijar simultáneamente potencia, energía y duración: cuántos GW y GWh se necesitan para responder durante segundos, entre una y cuatro horas, entre ocho y veinticuatro horas, durante varios días, semanas y meses.
También debe incorporar simulaciones horarias de años meteorológicos adversos. No basta con utilizar valores medios de producción eólica y solar. Hay que analizar sequías energéticas de varios días, indisponibilidades de centrales, olas de frío o calor, pérdida temporal de interconexiones y restricciones hidráulicas derivadas de una sequía real. A partir de esos escenarios deben calcularse las reservas de energía y de potencia firme que necesita el sistema.
El plan tendría que incluir un catálogo público de emplazamientos para bombeo, empezando por embalses existentes y sistemas escalonados. También será necesario reformar la remuneración. Una instalación de bombeo no puede financiarse únicamente con diferencias ocasionales entre el precio de compra y el de venta de la electricidad. El mercado debe pagar la capacidad disponible, las horas de respaldo, la contribución a la inercia, el control de tensión, la reposición del servicio y la posibilidad de arrancar la red después de una interrupción. Los contratos deberán tener una duración compatible con inversiones que se amortizan en varias décadas.
Finalmente, el futuro plan debe decidir dónde hace falta cada tecnología. Las baterías tienen sentido junto a plantas renovables, núcleos de consumo y nudos congestionados. El bombeo debe localizarse allí donde los desniveles, los embalses y la red permitan almacenar grandes cantidades de energía. Porque no se trata de enfrentar baterías y bombeo. España necesita ambos, pero para funciones diferentes. Las baterías aportarán velocidad y flexibilidad diaria mientras que el bombeo debe convertirse en la columna vertebral del almacenamiento de larga duración. El problema es que las primeras avanzan mucho más despacio de lo que proclaman los anuncios y el segundo continúa sin recibir el impulso estratégico que necesita. Lo irresponsable sería seguir acumulando expedientes y sumando megavatios teóricos sin preguntarse cuántas instalaciones se construirán realmente y durante cuántas horas podrán sostener la red. El próximo Gobierno no debería heredar esa inercia, debería ponerse las pilas.
