Sube el precio de nuestras fantasías
España, nos dicen, tiene sol, viento, territorio y talento. Una maravilla. También tenemos tapas, playas y autoestima. Lo que no tenemos es red suficiente, agilidad administrativa ni costumbre de ejecutar a tiempo. Fabricamos renovables como quien escribe versos a la luna, pero luego no hay cable para llevarlas a la fábrica. Así mientras Portugal y Francia hacen zanjas, líneas e interconexiones, nosotros seguimos inaugurando y cortando cintas. Somos una potencia en prometer megavatios futuros y una superpotencia en expedientes pendientes. Luego nos sorprendemos de que ciertos centros de datos no vengan. Natural. Los centros de datos no funcionan con eslóganes..
Pero cuando parecía que hablábamos de cables, apareció la guerra para recordarnos que siempre manda el mapa. Irán, Ormuz y ese hilo de agua por donde pasa cerca del 20% del petróleo y del gas mundial. Un estrecho con nombre de opereta y consecuencias de tragedia. Basta una amenaza, una fragata malhumorada o un misil con vocación mediática para que el mercado entre en pánico elegante. Un día se negocia, al siguiente se amenaza, al tercero se desmiente la amenaza anterior, luego se bloquea, y se vuelve bloquear, el bloqueo del bloqueo. Y mientras el mundo contiene la respiración, Donald Trump con su gorra roja asoma en modo mesías de peluquería dispuesto a arreglar el planeta a golpe de frase corta y dispuesto a gobernar desde la televisión.
Les cuento todo esto porque estuve en Wake Up, Spain! este año ensanchado a Wake Up, Europe!, y salí con una evidencia: la energía ya no es un sector, es el sistema nervioso del mundo tras escuchar a los mandarines de la electricidad, del gas y del petróleo que Pedro Jota tuvo la habilidad de reunir.
Josu Jon Imaz, que habló como hablan los que manejan cifras de verdad: es decir, sin épica, nos contó que el mercado está sobrepasado. Barriles a 132 y hasta 140 dólares. Traducido al castellano: el precio ya no refleja oferta y demanda, refleja miedo. Y el miedo, en economía, siempre lo paga otro.
España compra gran parte de su energía al otro lado del Atlántico y otra porción importante al norte de África. Bien. Eso reduce dependencia directa de Oriente Medio. Pero cuando el petróleo tose en Ormuz, Europa entera se resfría. Y cuando el queroseno se pone nervioso, se encarece el turismo, ese ministerio sentimental del PIB español. Porque cerca del 45% del queroseno mundial depende de ese paso. O sea: no hablamos solo de gasolina para jeques, sino de aviones llenos de alemanes camino de Mallorca.
Francisco Reynés nos vino a recordar una obscenidad muy sensata: cuando aprieta la crisis, la gente elige seguridad antes que pureza ideológica. El famoso trilema energético —seguridad, precio y descarbonización— se resuelve solo. Se cae por su propio peso hacia la seguridad prescindiendo de la descarbonización. Por suerte España conserva una ventaja silenciosa llamada Argelia. El gas llega por tubo. El tubo, en tiempos convulsos, vale más que cien cumbres climáticas. El tubo no tuitea, el tubo cumple.
Por ultimo, llegó el capítulo nuclear. Ruiz-Tagle vino a recordar algo evidente: Demonizar una energía que aporta alrededor del 20% de la generación eléctrica es una locura. Es decir, cerramos lo que funciona para comprar lo que falta al precio que nos impongan. Es entonces cuando recuerdo la palabra favorita de Bruselas: autonomía estratégica. Expresión magnífica, sonora, casi napoleónica. Significa, en teoría, depender menos de terceros. En la práctica, Europa la invoca mientras compra fuera lo que ha decidido dejar de producir dentro. Queremos soberanía energética cerrando refinerías, aplazando nucleares y demorando redes.
Europa, que representa el 16% del PIB mundial frente al 26% de Estados Unidos sigue escribiendo su gran novela. Regula hasta la asfixia, castiga industria, encarece producción Aquí tenemos conciencia, allí potencia. Y el mundo, cuando duda, suele elegir potencia. Si de verdad queremos autonomía estratégica, habrá que empezar por energía abundante, barata y segura.
Al final uno sale del foro con una impresión muy española: entendemos el problema pero lo resolvemos con pereza administrativa, Y Europa es un continente que bautiza los problemas con nombres espléndidos para no resolverlos deprisa. Y así, mientras discutimos el color del futuro, el presente nos pasa la factura. Sube la luz. Sube el petróleo. Y sube, sobre todo, el precio de nuestras fantasías.
