Politizar la tragedia
Con los perros de la Guardia Civil todavía buscando cadáveres entre los vagones destrozados, parece existir un amplio consenso sobre que no es el momento de exigir responsabilidades políticas. Hasta Feijóo dijo ayer que “no voy a entrar ahora a discutir sobre las responsabilidades políticas, no es el día”. No hay que “politizar” el accidente, dicen también desde el Gobierno y sus sucursales. Bien, pues yo voy a hacerlo y trataré de explicar por qué.
Decía Aristóteles que el hombre es un zoon politikon, una expresión que a menudo se ha traducido como “animal político”, cuando el verdadero sentido de esta expresión del estagirita es más bien el de “animal de la ciudad” (polis) y por tanto de animal social. Y es que la política es en realidad la que define la organización de la convivencia en una sociedad y la que debe solucionar los problemas que plantea esta convivencia, al menos en teoría.
Como en este país parece que ningún problema se soluciona, uno tiene la impresión, en días como este, de que se puede publicar varias veces el mismo artículo sin que nada de lo que se dijo hace meses haya perdido vigencia o actualidad. En enero de este año, tras el accidente de Adamuz, decía aquí que “es cierto que lo más relevante ahora no es la contienda política. Pero también que es lícito preguntarse qué ocurrió y qué falló, tanto técnica como institucionalmente, para que personas que confiaban en el transporte ferroviario no regresaran a casa”.
Y aquí estamos otra vez, nueve meses después. Si politizar la tragedia es llevar al terreno político el clamor social para que se sepa qué ha pasado, quiénes son los responsables, cómo deben asumir esas responsabilidades y, sobre todo, qué hay que hacer para que algo así no vuelva a ocurrir, no solo podemos, sino que debemos politizar esta nueva tragedia, la segunda en un año en esa red de Alta Velocidad Española en la que desde 1992 no había ni una sola muerte registrada.
Así que voy a politizar planteando las siguientes preguntas, que ya se hicieron cuando ocurrió lo de Adamuz y que evidentemente quedaron sin responder entonces por quienes tenían la responsabilidad política de hacerlo: ¿El accidente de ayer tiene que ver con el deterioro de infraestructuras y del servicio que pasajeros y sindicatos llevan tiempo denunciando? ¿Ese deterioro tiene que ver con la ausencia de Presupuestos Generales del Estado? ¿Puede un sistema de Alta velocidad tan complejo como el español estar dirigido por ministros como Ábalos u Óscar Puente?
Y a estas preguntas que vuelven como el fantasma de las Navidades pasadas se añade ahora esta otra: ¿Tras el accidente de Adamuz, se hizo todo lo necesario para identificar las causas y los problemas y se implementaron las soluciones necesarias para evitar que se repitiera? Creo que ninguna sociedad libre y democrática debería renunciar a plantear estas preguntas ni dejar de exigir respuestas.
Y lo que estamos viendo de momento se parece mucho a lo que ocurrió tras Adamuz. Tenemos un ministro que carece de las competencias técnicas y de los conocimientos necesarios para dirigir un Ministerio de Transportes, que nos cuenta que el accidente es “inverosímil” e “inexplicable”, que hay que esperar a los resultados de la investigación, pero que él ya sabe quién es el culpable y que, como “yo no hice la soldadura”, no piensa dimitir.
Y tenemos a un presidente del Gobierno, que ha mantenido a Puente en el cargo tras el accidente de Adamuz, que nos dice que el accidente es “inasumible” y que “vamos a llegar hasta el final y, si ha habido negligencias, se sabrán; si ha habido fallos en el sistema de seguridad, se responderá con contundencia”. Bueno, pues señor presidente, con 69 muertos de momento y con el primer accidente por alcance entre dos trenes de Alta velocidad en el mundo, si exceptuamos el que ocurrió en China en 2011 porque cayó un rayo sobre las líneas eléctricas, es evidente que ha habido negligencias y fallos. ¿Cuál va a ser la respuesta contundente para hacernos asumir este accidente tan inasumible que usted parece tan dispuesto a asumir?
Pues todo parece indicar que echarle toda la culpa al controlador de Atocha, lo que equivale a decirles a todos los viajeros del AVE que sus vidas dependen de lo espabilado o lo torpe que esté un controlador el día que decidan subirse a un tren. Es una explicación con la que Sánchez y Puente pueden tratar de salvar el culo, pero que inevitablemente destruye la confianza en el sistema y que reduce toda la ingeniería de seguridad ferroviaria a la decisión de una persona.
En todo caso, y pese a las bromitas de Puente en el ascensor de Marc Giró y sus afirmaciones sobre la seguridad de un ferrocarril español “que vive a mejor época de la Historia” y su empeño en licitar una compra milmillonaria de trenes que circulen a 350 km/h, dejando fuera a Talgo y al resto de empresas que fabrican y dan trabajo en España, lo que parece casi irremediable es la total pérdida de confianza en el AVE español y en todo aquello que dábamos por descontado que debería funcionar razonablemente y ya sabemos que no lo hace.
Hace unos meses, Puente aseguraba que “la probabilidad de que otro accidente de estas características se produzca es muy baja, bajísima”. Y mientras tanto, la Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria (AESF) y la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF) cifran el incremento de descarrilamientos e incidentes ferroviarios en un 175% y un 142%, respectivamente, entre 2018 y 2024.
Y ahora, tras nueve meses sin conocer los resultados de la investigación, ni las causas y responsables de Adamuz, ese ministro que bailaba en la tele bromeando sobre el deterioro de Renfe mientras ardía una locomotora en Zaragoza, nos dice que no dimite porque ahora solo piensa “en esclarecer esto y tratar de resolverlo”. Pues estamos apañados.
Ahora les toca a los españoles decidir si quieren que estas elecciones sigan girando en torno a los bailecitos y los besos o si, por el peor de los caminos, el de la tragedia, volvemos la vista hacia aquello en lo que nunca deberíamos haber dejado de fijarnos, es decir lo real, el estado de las infraestructuras, el irreparable daño causado primero a las vidas de las personas, pero también a nuestra seguridad y a nuestra economía. Si queremos, en definitiva, politizar esta tragedia con nuestros votos o si nos limitamos a enterrar a los muertos y a seguir con otros cuatro años de amor, avances y progreso.
