Móstoles, la dimensión humana y psicosocial de una acogida en emergencia
Como actualmente Coordinador General de Emergencias y Protección Civil, y antiguo bombero, he aprendido que una crisis no se mide únicamente por la magnitud del incendio, el número de hectáreas afectadas o la velocidad de avance de las llamas. También se mide por la capacidad de una comunidad para proteger a las personas, mantener la calma y convertir una situación de incertidumbre en una respuesta organizada. En julio de 2026, Móstoles afrontó uno de esos desafíos: la acogida temporal de 405 personas evacuadas por los incendios forestales que afectaron a la Sierra Oeste de la Comunidad de Madrid.
La cifra es importante, pero no explica por sí sola la dimensión humana del dispositivo. Detrás de cada persona evacuada había una historia de salida precipitada, viviendas abandonadas, animales que quedaban atrás, familias separadas temporalmente, personas mayores con necesidades específicas y niños que no comprendían por qué no podían regresar a casa. Muchos procedían de Fresnedillas de la Oliva y Cadalso de los Vidrios, dos de los municipios especialmente afectados, aunque también se atendió a vecinos de otras localidades de la zona.
Una evacuación contra el reloj.
Los incendios forestales obligaron a activar evacuaciones y confinamientos en distintos puntos del suroeste de Madrid. La evolución del fuego, el viento y la dificultad para controlar varios frentes simultáneos hicieron necesario trasladar a miles de personas hacia municipios seguros. La Comunidad de Madrid llegó a mantener numerosos puntos de acogida y comunicó que más de 2.400 personas estaban siendo atendidas en estos espacios, con Móstoles como uno de los principales centros receptores.
En este contexto, la prioridad inicial fue clara: sacar a la población de las zonas de riesgo y garantizar que cada persona tuviera un lugar seguro donde dormir, alimentarse y recibir asistencia. El transporte se organizó mediante autobuses del Consorcio Regional de Transportes, aunque algunos evacuados llegaron también por sus propios medios. La planificación municipal contemplaba inicialmente entre 350 y 400 personas, con capacidad de ampliación hasta unas 550 si la emergencia lo exigía.
Esta previsión resulta esencial en cualquier operación de protección civil. Una acogida eficaz no puede diseñarse únicamente para el número confirmado de personas; debe incorporar márgenes de seguridad, prever nuevas evacuaciones y permitir que los recursos se amplíen sin improvisaciones. En Móstoles se habilitaron tres pabellones deportivos municipales: Paco Sedano, Rafa Martínez y La Loma.
Mucho más que abrir un pabellón
La apertura de un polideportivo es solo el primer paso. Un punto de acogida debe transformarse rápidamente en un espacio habitable, seguro y humano. Para ello fue necesario instalar camas y camastros, organizar zonas de descanso, habilitar aseos, distribuir alimentos, establecer controles de acceso y coordinar la atención sanitaria, social y psicológica.
La Unidad Militar de Emergencias facilitó cerca de 400 camastros, mientras que en el pabellón Paco Sedano se acondicionaron alrededor de 200 camas para la primera oleada de evacuados. Los otros recintos permanecieron preparados para ampliar la capacidad en caso de que las condiciones del incendio obligaran a trasladar a más población.
La atención también tuvo que adaptarse a las distintas edades y circunstancias de quienes llegaban. En cada pabellón se habilitaron zonas infantiles para que los menores pudieran jugar y contar con un entorno más normalizado dentro de una situación extraordinaria. Asimismo, seis personas mayores fueron trasladadas al centro residencial Casaverde, donde podían recibir una atención más adecuada a sus necesidades.
Este tipo de decisiones demuestra que la emergencia no puede gestionarse con una respuesta uniforme. Una familia con niños, una persona dependiente, un paciente crónico o alguien que necesita medicación requieren apoyos diferentes. La protección de la vida incluye también preservar la dignidad, la intimidad y la salud emocional.
La dimensión psicosocial y la diversidad en el albergue provisional
Cuando un pabellón deportivo se convierte en hogar improvisado para más de cuatrocientas personas, la arquitectura física cede paso a la arquitectura humana. La psicología de emergencias nos enseña que el impacto traumático de una evacuación no proviene únicamente de la amenaza física del fuego, sino del quebranto repentino de la sensación de control, predictibilidad y pertenencia.
En la masa heterogénea de evacuados coexistían realidades culturales y sociales diversas. En el entorno del suroeste madrileño conviven familias hispanohablantes arraigadas en la zona rural con comunidades de origen rumano e hispanoafricano, destacando familias marroquíes. Esta riqueza multicultural introduce vectores psicosociales que deben abordarse con sutileza técnica y sensibilidad interinstitucional.
Barreras lingüísticas, shock conversacional y canales de traducción
En momentos de pánico, la capacidad de procesar información en una segunda lengua disminuye drásticamente. Las directrices complejas sobre horarios de reparto o estados del fuego generaban desorientación en personas cuya lengua materna no era el español. La intervención del voluntariado y de profesionales con competencias lingüísticas en árabe resultó determinante para reducir el “ruido informativo”, atenuar la hipervigilancia y transmitir calma. Informar en el idioma materno no es un detalle secundario: es la primera herramienta de estabilización emocional.
Uno de los aspectos críticos en la gestión de albergues temporales es la protección de la intimidad y la seguridad percibida por las mujeres, con particular atención a las familias monoparentales y a las mujeres magrebíes. La reorganización espacial mediante biombos y mamparas para crear sectores de privacidad orientados a núcleos familiares facilitó espacios resguardados para la lactancia, el descanso y el aseo personal, reduciendo la vulnerabilidad y previniendo situaciones de angustia o desprotección.
Respeto a los hábitos alimentarios y religiosos
El avituallamiento en emergencias no puede reducirse al mero aporte calórico. Suministrar alimentos respetuosos con las prescripciones religiosas y dietéticas (alimentos certificados halal, opciones vegetarianas y atención a restricciones por motivos de fe) evita la percepción de exclusión en momentos de máxima vulnerabilidad. Nutrir con respeto cultural refuerza la dignidad humana.
La experiencia acumulada por los equipos intervinientes y los análisis post-incidente revelan que, en la vorágine logística, existen variables invisibles pero determinantes que corren el riesgo de ser omitidas si no están protocolizadas en los planes territoriales:
Gestión integral de animales de compañía: El vínculo afectivo con las mascotas es un factor determinante en el cumplimiento de las órdenes de evacuación. Obligar a elegir entre el abandono de un animal y la propia seguridad conduce a conductas de riesgo. La habilitación de espacios contiguos adaptados para animales domésticos fue una medida imprescindible para reducir la resistencia al desalojo y asegurar la tranquilidad mental de sus propietarios.
Suministro de medicación crónica y adherencia terapéutica: Las evacuaciones urgentes provocan que la población olvide prescripciones médicas vitales (insulina, hipertensivos, ansiolíticos o anticonvulsivos). La articulación inmediata de un puesto de farmacia de emergencia con acceso al sistema de receta electrónica evitó descompensaciones orgánicas graves.
Carga mental y desgaste del personal interviniente: A menudo se olvida que el personal de emergencia, policías y voluntarios también experimenta fatiga compasiva y estrés por impacto directo. La implementación de sesiones breves de desactivación (defusing) al cierre de las jornadas garantiza el soporte emocional de las plantillas operativas.
Brecha digital y comunicación inclusiva: En un contexto saturado de redes sociales y desinformación, las personas sin competencias digitales o sin acceso a telefonía móvil quedaban aisladas de las actualizaciones. La instalación de tablones físicos informativos centralizados y la realización de asambleas informativas presenciales periódicas permitieron democratizar el acceso a datos veraces y neutralizar bulos.
Alimentación, salud y apoyo psicológico
Los datos del dispositivo reflejan la dimensión logística de la acogida. Se sirvieron 200 cenas durante el viernes, más de 400 comidas y cenas entre el sábado y el domingo, y alrededor de 1.500 desayunos durante el fin de semana y el lunes.
Estas cifras no son simples datos de consumo. Representan cientos de decisiones coordinadas: calcular raciones, respetar horarios, atender alergias o dietas especiales, mantener la cadena de suministro, distribuir los alimentos y asegurar que también comieran los equipos que trabajaban durante horas. Una emergencia prolongada exige cuidar tanto a las personas evacuadas como a quienes sostienen el operativo.
La respuesta incorporó además trabajadores sociales, psicólogos, Protección Civil, Cruz Roja y cuerpos policiales junto a voluntarios y peñas. Se instaló un puesto de medicación y se ofreció atención sanitaria y emocional. En los primeros momentos, muchas personas necesitaban información más que cualquier otra cosa: saber si sus casas seguían en pie, si podían volver, si sus familiares estaban localizados o cuándo recibirían noticias.
En una emergencia, informar también es asistir. La falta de información puede aumentar la ansiedad, alimentar rumores y dificultar la convivencia. Por eso, la comunicación debe ser frecuente, clara y verificada, incluso cuando la respuesta sea provisional: “todavía no se puede volver”, “la zona sigue siendo peligrosa” o “el operativo está trabajando para localizar a su familiar”.
La fuerza de la comunidad
La acogida de Móstoles no fue únicamente una operación institucional. La ciudadanía participó activamente. La Federación de Peñas abrió sus cocinas y preparó grandes paellas y pasta para las familias desplazadas y para el personal de emergencia. Vecinos, voluntarios y organizaciones sociales contribuyeron a crear un entorno de solidaridad en medio del miedo.
La solidaridad no sustituye a la planificación profesional, pero la completa. Las administraciones aportan coordinación, recursos y responsabilidad; la sociedad aporta cercanía, empatía y capacidad de respuesta. En circunstancias difíciles, un plato caliente, una conversación o un espacio para que un niño juegue pueden ser tan importantes como una cama.
También es necesario reconocer el trabajo de los empleados municipales, que acondicionaron las instalaciones con rapidez, y de los equipos de emergencias que mantuvieron la atención durante las 24 horas. La preparación previa, la capacidad de activar recursos y la coordinación entre administraciones fueron decisivas para evitar que los pabellones se convirtieran simplemente en lugares de espera.
Una lección para el futuro
La experiencia de las personas acogidas en Móstoles deja varias lecciones. La primera es que los municipios receptores deben disponer de planes actualizados para convertir instalaciones deportivas, educativas o culturales en centros temporales de acogida. La segunda es que esos planes deben contemplar a la infancia, las personas mayores, quienes tienen discapacidad, las mascotas y las necesidades médicas y culturales.
La tercera lección es la importancia de trabajar con una capacidad superior a la cifra inicialmente prevista. Si se esperan 400 personas, el sistema debe poder atender a 450 o 500 sin perder calidad. La cuarta es que la comunicación pública debe formar parte del dispositivo desde el primer minuto, con información accesible, inclusiva y coordinada.
Finalmente, la acogida no termina cuando las personas abandonan el pabellón. El retorno a casa debe producirse solo cuando las autoridades confirmen que es seguro. Después comienzan otras tareas: evaluar daños, recuperar documentación, atender el impacto psicológico, facilitar ayudas y acompañar a quienes han perdido bienes o medios de vida.
Móstoles demostró que una ciudad puede convertirse, en cuestión de horas, en refugio para cientos de personas. Las aproximadamente 405 personas acogidas no fueron un número dentro de una estadística, sino el centro de una operación de protección y cuidado integral.
Como director de Emergencias, esa es la conclusión fundamental: responder bien no significa solo reaccionar ante el peligro. Significa anticiparse, coordinarse, escuchar y proteger a cada persona con toda su diversidad y complejidad emocional, hasta que pueda recuperar, con seguridad y dignidad, su vida cotidiana.
