Las DANAs de siempre y las infraestructuras de nunca
Los meteorólogos lo llevan semanas advirtiendo, el otoño vendrá cargado de DANAs con una potencia especialmente grande por las altas temperaturas acumuladas por el mediterráneo este verano. Y dejarán lluvias torrenciales. Tampoco es una sorpresa. Con mayor o menor intensidad son fenómenos que se repiten cada año, como los anuncios de turrón en Navidado. Y, sin embargo, seguimos sin estar preparados.
La catástrofe en Valencia del año pasado con cientos de muertos, calles convertidas en ríos, pueblos enteros aislados, pérdidas millonarias y miles de familias que se han quedado sin casa o han perdido sus negocios, debería habernos servido de vacuna.
Tener agencias meteorológicas punteras, con radares, satélites y modelos que predicen el agua que caerá sobre cada azotea, es un lujo. Y está muy bien que hayamos aprendido la lección sobre la necesidad de alertar a tiempo a la población para salvar vidas. Pero lo verdaderamente necesario es construir las infraestructuras necesarias para reducir al máximo el poder destructivo de estas lluvias. Los ingenieros llevan años reclamando diques, sistemas de drenaje urbano, balsas de laminación, cauces reforzados o presas como la de Cheste. La predicción avisa, pero la prevención protege.
En Valencia y en tantas otras ciudades del arco mediterráneo los expertos llevan décadas repitiendo que las lluvias intensas no son una anomalía, son la norma. Y la norma exige planificación. Sin embargo, el ritmo de construcción de infraestructuras hidráulicas y de adaptación urbana avanza a paso de burro, mientras las DANAs cabalgan como jinetes del apocalipsis.
Cada euro que no se invierte en prevención se multiplica por diez en reparaciones, indemnizaciones y ayudas posteriores, además de cobrarse vidas humanas que no tienen precio. Pero seguimos atrapados en el ciclo perverso de lamentarnos tras la tormenta, prometer actuaciones urgentes y luego ir posponiéndolas hasta la siguiente.
El año pasado fue Valencia y otras zonas de Castilla-La Mancha. ¿Quién será el siguiente este otoño? Otra vez Valencia, o Alicante, Murcia, Tarragona… todas están amenazadas. Lo único seguro es que habrá damnificados, porque las nubes cumplen su parte, pero las administraciones no cumplen la suya.
No se trata de exigir milagros, son tus impuestos. Y no parece de recibo tener que reclamar lo elemental: que los proyectos pendientes se ejecuten de una vez, que la burocracia no se use como excusa y que los fondos europeos se traduzcan en hormigón, canales y sistemas de protección. Porque si seguimos confiando únicamente en la suerte, lo único que lograremos es repetir titulares y llorar sobre fotos que ya hemos visto demasiadas veces.
