La industria española en el túnel de la desidia
La industria española no se rompió de golpe, sino por derrumbe acumulado. Entre 2008 y 2012, la producción industrial perdió aproximadamente una cuarta parte de su volumen. El golpe fue todavía más severo en los sectores que dependían directa o indirectamente de la construcción y del consumo de bienes duraderos. La producción de bienes de consumo duradero se hundió en torno a un 40%, los bienes intermedios cayeron cerca de un 30% y los bienes de equipo retrocedieron alrededor de una cuarta parte. No fue una recesión ordinaria, sino una amputación de capacidad productiva.
El ladrillo dejó de pedir cemento, azulejos, ventanas, carpinterías, baños, cocinas, muebles, maquinaria y transporte. Y detrás de cada producto que dejó de fabricarse hubo una nave con menos turnos, una fábrica cerrada o una plantilla adelgazada. Catorce años después, España ha recuperado parte del terreno perdido, pero no ha vuelto ni siquiera al punto de partida. La producción industrial sigue moviéndose muy por debajo de los niveles previos a la crisis de 2008, casi 20 años perdidos. Aquí, como en el Requiem para una monja de Faulkner, “el pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”.
La crisis industrial española tuvo mucho que ver con el derrumbe de la construcción residencial, que arrastró tras de sí una constelación entera de sectores. España pasó directamente del exceso a una escasez crónica. En 2024 se visaron 127.721 viviendas de obra nueva. Pero tendríamos que construir unas 250.000 anuales y, además, recuperar un déficit que el propio Banco de España sitúa en el entorno de las 700.000 y subiendo. La paradoja es casi cervantina, porque no construimos bastante para alojar a la población, pero tampoco construimos bastante para sostener el ecosistema industrial que depende de la construcción. Y el panorama, como el que se le presentaba a Sancho Panza, es en los dos casos una condena a la horca. Y una condena para todos aquellos que no pueden conseguir una vivienda ni un trabajo bien pagado.
Al problema de la vivienda y de la construcción se suma ahora el de la automoción. Durante décadas, España encontró en el coche una segunda columna industrial, más sofisticada, exportadora y tecnológicamente exigente. Pero la transición eléctrica ha llegado con el manual equivocado, las ayudas dispersas, la red eléctrica saturada y las decisiones de inversión sometidas a una competencia feroz entre plantas europeas, turcas, marroquíes y chinas. Renault ha suspendido la adjudicación de nuevos vehículos eléctricos e híbridos a sus fábricas de Palencia y Valladolid por la falta de acuerdo laboral, una decisión que afecta de forma directa a unos 6.000 trabajadores en el país que presume de querer atraer inversión en vehículos eléctricos.
Stellantis, el otro gran fabricante en España tampoco ofrece una fotografía tranquilizadora. El grupo, con plantas en Vigo, Figueruelas y Madrid, redujo su cifra de negocio en España hasta 4.159 millones en 2025, frente a los 5.147 millones de 2023. En solo dos años ha perdido prácticamente 1.000 millones de facturación en el mercado español. A escala global, cerró 2025 con pérdidas históricas de unos 22.300 millones de euros, tras haber ganado 5.520 millones el año anterior.
Y cuando tiembla el fabricante, tiembla toda la cadena. Antolin, la gran compañía española de componentes, cerró 2025 con ventas de 4.191 millones, un 6% menos en términos comparables frente a los 4.617 millones del ejercicio anterior, y registró pérdidas netas de 81 millones, casi el triple que los 29 millones de 2024. En el primer trimestre de 2026 mantenía una deuda financiera neta de 1.018 millones y una liquidez de 371 millones.
España necesita una política real de reindustrialización, no una liturgia de PERTEs reempaquetados y ruedas de prensa de ministros con chaleco amarillo y casco blanco. El problema es que la chequera extraordinaria se agota. El Plan de Recuperación con fondos europeos termina este año. Y, al mismo tiempo, seguimos sin Presupuestos Generales del Estado y por lo tanto sin una capacidad inversora real. Y mientras tanto el Gobierno califica de “sobrantes” 2.389 millones de euros de los fondos europeos y los dedica a pagar pensiones de clases pasivas y complementos a mínimos, como ha señalado el Tribunal de Cuentas. Y eso en 2024, veremos que nuevas sorpresas nos dará el tribunal cuando fiscalice las cuentas de 2025.
A ello se suma el cuello de botella de la red eléctrica. La reindustrialización ya no se hace solo con suelo, permisos y subvenciones. Se hace con megavatios disponibles, puntos de conexión, subestaciones, transporte y distribución. Sin electricidad no hay centros de datos, no hay electrificación industrial, no hay hornos eléctricos, no hay hidrógeno, no hay baterías, no hay fábricas de componentes. Y, sin embargo, los últimos datos apuntan a que el 80% de los nudos de transporte energético en España tienen capacidad nula o residual y la saturación es también enorme en la distribución. Hay proyectos industriales bloqueados por falta de potencia y por reservas de capacidad que no producen y no consumen, pero impiden que otros se conecten.
Quizá el mejor ejemplo de esta dejadez industrial lo podemos encontrar en Burgos. Una provincia donde la industria representa todavía el 32,02% del PIB provincial, una rareza en una España de turismo y servicios, que asiste atónita al cierre de su conexión ferroviaria directa con Madrid desde 2011. Una máquina bateadora quedó atrapada en el túnel de Somosierra tras un desprendimiento hace 15 años y allí sigue, bloqueando las vías, como un monumento a la desidia. La línea Madrid-Burgos ya solo sirve para cercanías en la provincia de Madrid y para mercancías entre Aranda y Burgos, mientras el corredor directo hacia Madrid, y desde allí hacia Valencia y Algeciras, permanece en “aquella podredumbre fulminante de todas las cosas en las que trataba de apoyarse”, que decía Flaubert. Esta ya no es solo la España invertebrada de Ortega, es la España deconstruida, desconectada, no presupuestada y bloqueada. Un país que quiere atraer fábricas, pero que no tiene red eléctrica, que presume de fondos europeos, pero no los sabe ejecutar, que necesita vivienda, pero demoniza a quien la construye, que quiere coches eléctricos, pero deja escapar plataformas industriales. Es el país que anuncia y promete corredores logísticos mientras una bateadora lleva quince años tapiando el túnel de nuestra desidia industrial.
