España arrastra un déficit de 55.000 millones en infraestructuras, según el Instituto de Estudios Económicos

España arrastra un déficit de 55.000 millones en infraestructuras, según el Instituto de Estudios Económicos
El último informe del Instituto de Estudios Económicos (IEE) pone cifras al progresivo deterioro de las infraestructuras. Pese al aumento del PIB y al notable incremento de los ingresos públicos en los últimos años, la inversión en capital productivo no solo no ha acompañado ese crecimiento, sino que ha quedado rezagada hasta generar un déficit estimado de 55.000 millones de euros.

España crece, pero lo hace sobre una base cada vez más frágil. Esa es la principal conclusión que se desprende del último informe del Instituto de Estudios Económicos (IEE), que advierte de un déficit de 55.000 millones de euros en infraestructuras, una cifra que pone en cuestión la capacidad del país para converger con Europa en renta y competitividad.

España atraviesa una fase de crecimiento económico sostenido que, a primera vista, invita al optimismo. Sin embargo, bajo esa apariencia de solidez emergen desequilibrios estructurales que cuestionan la calidad y sostenibilidad de ese avance. El último informe del Instituto de Estudios Económicos (IEE) pone cifras a uno de los desequilibrios más relevantes: el deterioro progresivo de las infraestructuras. Pese al aumento del PIB y al notable incremento de los ingresos públicos en los últimos años, la inversión en infraestructuras no solo no ha acompañado ese crecimiento, sino que ha quedado rezagada hasta generar un déficit estimado de 55.000 millones de euros.

Esta brecha no es menor. Afecta directamente a la competitividad, a la capacidad de atraer inversión y, en última instancia, al bienestar de los ciudadanos. La paradoja es evidente: en un contexto de mayores recursos fiscales y acceso a fondos europeos sin precedentes, España no ha logrado reforzar uno de los pilares básicos de su desarrollo económico. El resultado es una economía que avanza, pero con una base física que pierde peso relativo y amenaza con limitar su potencial a medio y largo plazo.

El dato resulta especialmente preocupante porque no responde a una falta de recursos, sino a una cuestión de prioridades. Mientras el PIB ha aumentado un 23% desde 2012, la inversión en infraestructuras sigue un 13% por debajo de los niveles de entonces, segun el informe. Es decir, la economía avanza, pero el soporte físico que la sostiene se deteriora.

Una recuperación desequilibrada

La evolución del capital en infraestructuras refleja una anomalía difícil de justificar tal y como plasma el informe. Tras años de fuerte inversión que llevaron el stock a superar los 480.000 millones de euros en 2012, la tendencia se ha revertido. En 2024, el volumen se sitúa en torno a los 469.000 millones, confirmando una década perdida en términos de acumulación de capital público.

Más revelador aún es el descenso de su peso en la economía: del 44,3% del PIB en 2013 al 34,6% actual., segun e IEE. No se trata solo de invertir menos, sino de hacerlo a un ritmo claramente insuficiente frente al crecimiento económico. El resultado es una descapitalización progresiva que erosiona la productividad a medio plazo.

El caso ferroviario: invertir donde menos se usa

El ejemplo del ferrocarril ilustra bien las distorsiones en la política inversora. Durante décadas, España ha apostado de forma decidida por la alta velocidad, con cerca de 56.000 millones de euros invertidos entre 1990 y 2018, frente a apenas 3.650 millones en cercanías.

La paradoja es evidente: las cercanías concentran alrededor del 90% de los pasajeros, mientras que la alta velocidad apenas alcanza el 5%. La política de infraestructuras, lejos de responder a criterios de eficiencia o demanda, parece haber priorizado proyectos de alto impacto político frente a necesidades reales de movilidad.

Más dinero, menos inversión

El informe pone el foco en otra contradicción difícil de ignorar: el aumento de los recursos públicos no se ha traducido en mayor inversión. Desde 2018, el Estado ha contado con más de 170.000 millones adicionales de recaudación y 163.000 millones en fondos europeos, una oportunidad histórica que, sin embargo, no ha tenido un reflejo proporcional en infraestructuras.

Este desfase apunta a un problema estructural en la gestión del gasto público. No es tanto cuánto se ingresa, sino en qué se decide invertir. Y en este caso, la inversión productiva ha quedado relegada frente a otras partidas.

Energía, regulación y pérdida de competitividad

El deterioro de las infraestructuras no se limita al transporte. El sistema energético emerge como otro cuello de botella. Problemas de acceso a la red eléctrica, incertidumbre regulatoria y decisiones estratégicas discutidas —como el calendario de cierre nuclear— generan dudas sobre la capacidad de España para atraer inversiones industriales y tecnológicas.

En un contexto de electrificación creciente y auge de sectores intensivos en energía, como los centros de datos, estas limitaciones pueden convertirse en un freno significativo al crecimiento.

Un problema de fondo: la productividad

En última instancia, el déficit de infraestructuras no es solo una cuestión técnica, sino económica y social. Sin inversión suficiente, la productividad se estanca, los salarios pierden capacidad de crecimiento y el sostenimiento del estado del bienestar se vuelve más complejo.

El informe del IEE deja una idea de fondo clara: España no tiene un problema de falta de recursos, sino de asignación. Y si esa tendencia no se corrige, el crecimiento actual podría resultar menos sólido de lo que aparenta.

El informe puedes consultarlo aquí

Almudena Semur

Almudena Semur

Economista y Consultora

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