Un error atómico y una reacción en cadena

Un error atómico y una reacción en cadena

Durante años, la política energética europea ha estado marcada por una paradoja difícil de explicar. Mientras proclamaba su ambición de liderar la lucha contra el cambio climático, la Unión Europea se alejaba progresivamente de la nuclear, una de las pocas fuentes de energía capaces de producir electricidad masiva, estable y sin emisiones de CO₂. Las recientes declaraciones de Ursula von der Leyen reconociendo que Europa cometió un inmenso error al apartarse de la energía nuclear tienen algo de rectificación histórica. No se trata simplemente de una matización técnica. Es el reconocimiento implícito de que una parte importante de la estrategia energética europea de las últimas décadas se construyó sobre una ideología fallida y no sobre una base científica.

La nuclear posee una característica, la estabilidad, que otras energías limpias no pueden ofrecer. Una central nuclear produce electricidad de manera continua, las veinticuatro horas del día, con independencia de las condiciones meteorológicas. En un sistema eléctrico moderno, donde la demanda debe equilibrarse constantemente con la oferta, esa estabilidad tiene un valor incalculable. No es casualidad que los sistemas eléctricos más robustos del mundo, desde Francia hasta Corea del Sur, hayan mantenido una fuerte presencia nuclear en su mix energético.

La energía nuclear tampoco depende de importaciones de combustible en términos estratégicos. El uranio es abundante, procede de múltiples países y, además, se consume en cantidades relativamente pequeñas. Una central nuclear puede almacenar combustible suficiente para funcionar durante años, algo imposible en tecnologías basadas en gas o petróleo. Esta característica adquiere hoy una relevancia especial en un mundo cada vez más inestable desde el punto de vista geopolítico. La guerra en Oriente Medio ha vuelto a demostrar hasta qué punto la seguridad energética puede verse comprometida por conflictos internacionales que afectan a las rutas del petróleo y del gas.

A esta ventaja estratégica se suma otra que debería ser central en cualquier política climática seria. La energía nuclear no genera emisiones de dióxido de carbono durante la producción de electricidad. Mientras Europa se fija objetivos cada vez más ambiciosos de descarbonización, resulta difícil justificar el abandono de una tecnología capaz de producir grandes cantidades de energía sin emitir gases de efecto invernadero. De hecho, numerosos informes científicos han subrayado que alcanzar la neutralidad climática sin una base nuclear sólida será extraordinariamente complicado.

Sin embargo, como ha reconocido Von der Leyen, durante las últimas décadas varios países europeos tomaron el camino contrario. El caso más emblemático es el de Alemania, que decidió cerrar progresivamente su parque nuclear tras el accidente de Fukushima en 2011. Aquella decisión, tomada en un contexto de fuerte presión política y social, tuvo consecuencias energéticas que hoy resultan evidentes. Al desaparecer una parte importante de la generación nuclear, el sistema eléctrico alemán tuvo que recurrir en mayor medida al carbón y al gas para garantizar el suministro cuando la producción renovable no era suficiente.

Este fenómeno no es exclusivo de Alemania. En distintos países europeos, el cierre o la paralización de centrales nucleares ha obligado a reforzar la generación térmica para mantener la estabilidad de la red eléctrica. Y aquí aparece uno de los grandes dilemas de la transición energética. La energía eólica y solar han experimentado avances extraordinarios en los últimos años y su papel en el futuro energético es indiscutible. Pero ambas tecnologías comparten la limitación fundamental de que su producción depende del viento y del sol. Cuando no sopla el viento o cae la noche, el sistema necesita fuentes capaces de cubrir la demanda de manera inmediata.

Las soluciones tecnológicas para resolver el problema del almacenamiento masivo de electricidad, aún están en desarrollo y lejos de desplegarse a gran escala. Mientras tanto, la realidad del sistema eléctrico es tozuda, porque cuando las renovables no producen lo suficiente, entran en funcionamiento las centrales térmicas, principalmente de gas.

Frente a estas evidencias, varios países europeos han comenzado a reconsiderar su estrategia. Francia, históricamente el país más nuclear de Europa, ha anunciado un ambicioso programa para construir nuevos reactores con el objetivo de reforzar su independencia energética y garantizar la descarbonización de su sistema eléctrico. El presidente Emmanuel Macron ha defendido repetidamente que la energía nuclear es una pieza esencial de la soberanía energética francesa.

Un camino similar ha emprendido el Reino Unido, que está desarrollando nuevos proyectos nucleares de gran escala, como la central de Hinkley Point C, además de impulsar tecnologías emergentes como los reactores modulares pequeños. También en países como Finlandia, Suecia, Polonia o República Checa se están estudiando o desarrollando nuevos programas nucleares. Podríamos decir que estamos asistiendo a una reacción en cadena frente al error atómico, porque la energía nuclear vuelve a ganar peso en la planificación energética europea.

Uno de los argumentos más recurrentes contra esta tecnología es el de la seguridad. Sin embargo, los datos acumulados durante más de medio siglo de operación muestran que la energía nuclear es, en términos estadísticos, una de las formas de generación eléctrica más seguras que existen. Los grandes accidentes nucleares han sido extremadamente raros y han dado lugar a mejoras constantes en los estándares de seguridad. Los reactores de nueva generación incorporan sistemas pasivos que reducen aún más la probabilidad de incidentes graves.

El otro gran argumento crítico se refiere a los residuos radiactivos. Es cierto que su gestión plantea desafíos técnicos y políticos. Pero precisamente porque se trata de un problema identificado, también es un problema con soluciones. Los volúmenes de residuos generados por la energía nuclear son relativamente pequeños y pueden gestionarse mediante sistemas de almacenamiento geológico profundo, una tecnología que ya está siendo desarrollada en varios países. Además, las nuevas tecnologías de reactores y reprocesamiento permiten reducir significativamente la cantidad y la peligrosidad de estos residuos.

España constituye un caso particularmente revelador en este debate. El Gobierno ha mantenido en los últimos años una política orientada al cierre del parque nuclear, con un calendario que comienza en 2027 con el cierre de Almaraz y prevé el desmantelamiento del resto de las centrales para 2030. Y, cómo no, esta estrategia se ha justificado en nombre de la transición energética, del impulso a las energías renovables y de la lucha contra ese cambio climático que “mata”, como Sánchez no se cansa de repetir. Así que a cerrar las nucleares y a quemar gas. Como decía Emerson, “lo que haces habla tan alto que no puedo oír lo que dices”.

Porque como la experiencia reciente ha demostrado, un sistema eléctrico basado exclusivamente en fuentes intermitentes, asíncronas e inestables tiene limitaciones insalvables en un futuro inmediato. El gran apagón eléctrico registrado el año pasado puso de manifiesto hasta qué punto la estabilidad del sistema depende de la existencia de fuentes de generación capaces de proporcionar potencia firme de manera inmediata. Cuando esa estabilidad se ve comprometida, el sistema recurre inevitablemente a las centrales térmicas.

La transición energética es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Pero toda transición requiere realismo. Las energías renovables serán sin duda la columna vertebral del sistema energético del futuro. Sin embargo, pretender que puedan sostener por sí solas todo el sistema eléctrico en el corto plazo equivale a ignorar las limitaciones tecnológicas actuales. Quizá por eso la discusión sobre la energía nuclear está cambiando en Europa. Cada vez más gobiernos reconocen que el camino hacia un sistema energético limpio, seguro y asequible pasa por combinar renovables con generación nuclear.

La historia de la energía está llena de decisiones tomadas con prisa y rectificadas con el tiempo. Si las palabras de Ursula von der Leyen marcan realmente un cambio de rumbo, Europa aún está a tiempo de corregir uno de los errores más costosos de su política energética reciente. Porque en la lucha contra el cambio climático, renunciar a una de las pocas fuentes de energía capaces de producir electricidad limpia y estable a gran escala nunca fue una buena idea. Y cuanto antes lo reconozcamos, mejor será para el futuro energético de España y de todo el continente.

Diego Jalón Barroso

Diego Jalón Barroso

Periodista y consultor de comunicación

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