Perder el tren
Mientras Yolanda, tan sola ante el peligro como Gary Cooper, defendía según explicó después frente a los tres partidos de la ultraderecha, PP, Junts y VOX, su reducción de jornada, Pedro Sánchez se iba al cine. Dice Yolanda que ella no piensa ceder ante los chantajes de Junts y que no se puede legislar “en contra de las encuestas”. Bueno, salvo si se trata de redactar una ley de amnistía. Esto no lo dice ella, se me ocurre a mí al escucharla.
La reforma de Yolanda para trabajar menos horas cobrando lo mismo ya se aplica en los convenios colectivos de casi todas las grandes empresas, pero ella se empeña también en que a ese tren deben subirse, si hace falta a la fuerza, las pymes y los autónomos. Las primeras no parecen capaces de asumir este aumento de sus costes laborales, y a los autónomos, yo el primero, pues nos encantaría trabajar menos, pero si lo hacemos no está claro que sigamos facturando lo mismo por mucho que se empeñe la vicepresidenta.
Esta es una realidad incómoda. Y también lo es la de Pedro Sánchez, al que abuchean e insultan cuando se va al cine con su señora mientras Yolanda defiende a los trabajadores en el Congreso. Tuvieron que salir por la puerta de atrás y por separado para intentar despistar y no tener que escuchar la opinión de algunos ciudadanos molestos y fascistas. Fueron a ver “El cautivo”, la última de Amenábar. Y tal vez, es un suponer, se sintieron identificados con Cervantes por eso de no poder salir a la calle.
Aunque hay sutiles diferencias, sin duda soslayables para un tipo con una personalidad como la de nuestro presidente, entre una mazmorra en Argel y un palacio en la Moncloa. Y también entre el “Manual de resistencia” y El Quijote, aunque ambos protagonistas tengan problemas a la hora de identificar la realidad y confundan molinos con gigantes o sean incapaces de adaptarse a los cambios, ya sean de época o climáticos.
El que también tiene hechuras cervantinas, aunque en este caso más de Rinconete o de Cortadillo que de Alonso Quijano, es nuestro ministro de Trasportes, Óscar Puente. Esta semana se plantó en el Congreso y vino a decirles a los valientes que todavía se atreven a subirse a un tren que no tienen de qué quejarse, salvo si son suizos. Porque el resto de los europeos están mucho peor que nosotros. Somos los segundos más puntuales de Europa y eso que llevamos más de 15 años sin comprar un tren.
Bueno, esto no es rigurosamente cierto, como bien saben los cántabros y los asturianos. En 2020 se adjudicó un contrato de 260 millones a CAF para renovar los cercanías de esas regiones con 31 trenes nuevos. Y fue la propia empresa vasca la que se dio cuenta, cuando preparaba el proyecto, de que había un error en las especificaciones de los gálibos exigidas por Renfe y de que los trenes encargados no iban a caber por los túneles de la antigua red de FEVE, que data por cierto del siglo XIX. Es tal vez lo que tiene nombrar a un licenciado en Historia para presidir la empresa nacional de ferrocarriles.
De esto no tiene la culpa Óscar, sino un tal José Luis, que según María Jesús Montero “no daba síntomas ni muestras de nada que no sea lo que todos los ciudadanos percibimos en su momento”. Cuando salieron a la luz la vida y costumbres del ministro de Transportes, a ella se le quedó la cara “apamplada”. “No me lo explico, es que no sé cómo puede ser”, le decía a Évole.
El caso es que Puente reconoció que este año se han triplicado las incidencias, pero eso sí, todas por causas ajenas a Renfe, ahora ya presidida por un ingeniero de caminos y doctor con una tesis sobre el potencial del uso de la bicicleta. Los robos de cable, los fallos eléctricos, los incendios, las lluvias torrenciales y, por supuesto, el cambio climático, tienen la culpa. Bueno y también que como dijo Óscar los trenes son o muy viejos o muy nuevos, y así no hay manera. Toca esperar, lo menos dos o tres años, a que unos se jubilen y otros adquieran experiencia. Porque lo de invertir en mantenimiento no entra en sus planes.
Y eso es lo que le afean los sindicatos de Renfe y Adif, a los que Puente, como es un ministro socialista, pues no hace ni caso. Al fin y al cabo qué sabrán los trabajadores de trenes siendo él licenciado en derecho y experto en pantógrafos y catenarias. Denuncian el deterioro del material, no sólo el rodante, sino también de las vías, cuyo deplorable estado afecta a todo lo que circula sobre ellas. Están hartos de quejarse y de que no se les escuche. Y denuncian no sólo la falta de mantenimiento, sino que, por ejemplo, cuando se hacen revisiones a una locomotora una parte se hace en unos talleres y otra en otros, a kilómetros de distancia, lo que complica y alarga el proceso.
El sistema ferroviario es un asunto muy serio como para tratar de resolverlo con unos tuits, por muy ingeniosos que sean. En un país como España el sistema ferroviario es vital, no sólo para los desplazamientos diarios de muchos ciudadanos, sino porque transporta nuestra mercancía más valiosa, que son los millones de turistas que nos visitan cada año. Y unos ferrocarriles rápidos, puntuales y seguros son un inmenso aliciente para esos turistas demonizados por medio gobierno, pero que permiten al otro medio, incluido nuestro presidente, presumir de una economía que crece y crea empleo, nada menos que la locomotora de Europa. Nuestros trenes necesitan renovación urgente de vías y material rodante, con plazos realistas, presupuestos asegurados, y mantenimiento continuo en trenes, vías, catenarias, túneles, señalización y en todo eso que no permite cortar una cinta antes de unas elecciones, pero que es imprescindible para que el sistema vuelva a funcionar como antes, no hace tantos años, cuando Renfe devolvía parte del billete si el retraso superaba los cinco minutos. Sabemos que no es imposible, sobre todo porque fuimos capaces de hacerlo en su día. Para eso hay que poner los medios, que deberían ser suficientes con la mayor recaudación fiscal de la historia, y a las personas adecuadas al mando, que sin duda abundan en un país que exporta tecnología ferroviaria al mundo entero. No podemos perder este tren.
