La política climática europea está destruyendo su propia industria

La política climática europea está destruyendo su propia industria

La transición ecológica de la Unión Europea ha dejado de ser un modelo de sostenibilidad para convertirse en un proceso de desindustrialización acelerada. Lo que nació como un mecanismo ambiental pionero funciona hoy como una carga que la propia Europa se ha impuesto sin que sus competidores globales hagan lo mismo.

El problema de fondo

La regulación europea ya no guía la descarbonización: la entorpece. Bruselas ha generado una pérdida de competitividad estructural que sus rivales geopolíticos observan con satisfacción. Mientras Estados Unidos aprovecha el gas de esquisto barato y los subsidios masivos de la Ley de Reducción de la Inflación, y Asia expande su industria con costes operativos muy inferiores, el tejido productivo europeo se encoge. Sectores como la siderurgia, la química básica y la automoción pierden cuota global porque el marco regulatorio penaliza la producción física en suelo europeo.

El ETS: un mecanismo diseñado para otro momento

El Sistema de Comercio de Emisiones nació en 2005 con una lógica razonable: encarecer la energía, entonces barata, para forzar la eficiencia. El problema es que esa misma lógica punitiva se ha mantenido intacta en un contexto completamente distinto: crisis de suministro, volatilidad geopolítica y precios del gas disparados tras la desconexión del suministro ruso.

El paquete “Fit for 55” agravó la situación al elevar el Factor de Reducción Lineal al 4,4% anual, con el objetivo de recortar un 62% de emisiones industriales para 2030. Al mismo tiempo, la manipulación de la Reserva de Estabilidad del Mercado drenó liquidez del sistema y la retirada gradual de asignaciones gratuitas coincidió con el peor momento posible. Cuando el precio del gas obligó temporalmente a quemar más carbón para garantizar el suministro eléctrico, la demanda de derechos de emisión subió, llevando su precio a máximos históricos. El resultado fue un doble golpe: energía cara y derechos caros, que multiplicó el coste final de la electricidad y comprimió tanto la inversión como los costes operativos de las empresas europeas.

El diferencial de costes energéticos entre la industria europea y sus competidores en América del Norte y Asia se ha multiplicado por cuatro en sectores electrointensivos. Europa no reduce las emisiones globales; externaliza su producción y su soberanía tecnológica.

Hay además un error de diseño conceptual: el ETS aplica un precio único al carbono a sectores con realidades tecnológicas muy distintas. En industrias donde reducir emisiones es técnicamente inviable hoy —por falta de alternativas disponibles a escala comercial—, el coste del ETS no incentiva la innovación. Funciona como un impuesto interno sin salida posible. El resultado predecible es la fuga de carbono: las empresas se marchan a regiones con menos exigencias ambientales, y Europa importa los mismos productos con una huella de carbono mayor.

El Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM) no resuelve esto. Auditar con fiabilidad la huella de carbono real de productos fabricados en China o la India es, en la práctica, inviable. Y mientras tanto, las exportaciones europeas quedan desprotegidas y en caída libre.

Lo que habría que hacer

Conceptualmente habría que asumir de frente el error estratégico cometido, que nos está llevando al borde de la inviabilidad de nuestro modelo social, que no es soportable desde la irrelevancia económica global. Pero como el mentón levantado de la soberbia europea y sus burócratas no quiere llamar a las cosas por su nombre, aplíquense las medidas que proponen los especialistas como si fuesen coyunturales (aunque son estructurales):

Primero, una moratoria al ETS 2, el sistema previsto para transporte y edificación en 2027-2028. No tiene justificación técnica aplicar un nuevo mercado de emisiones sobre combustibles que ya soportan impuestos especiales nacionales elevados. El efecto sería ahogar el consumo y a la pequeña industria.

Segundo, revisar en profundidad el paquete “Fit for 55”. Una política climática que destruye la base manufacturera que debería financiar la transición es un fracaso estratégico, no un éxito ambiental.

Tercero, sustituir el actual mercado especulativo del ETS por un impuesto al CO₂ predecible, que varíe según el ciclo económico, que distinga entre sectores según su madurez tecnológica real y que sea ajustable en frontera para proteger la competitividad exterior. A esto habría que añadir una reducción significativa de las cargas fiscales sobre la electricidad, para que el cambio a energía limpia sea económicamente atractivo, no una imposición que ahoga.

Europa no está liderando la lucha climática global. Está trasladando su industria a otros países, destruyendo empleo cualificado e importando los mismos bienes con más emisiones, porque se producen más lejos y con energía más sucia. Si la base industrial deja de ser una prioridad estratégica, las consecuencias económicas serán difíciles de revertir.

Ramiro Aurín Lopera

Ramiro Aurín Lopera

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