El milagro que no llega a fin de mes
Pedro Sánchez subió este lunes al escenario del Teatro Real para representar una obra ya conocida, aunque esta vez con decorado verde, iluminación digital y partitura europea. El título era solemne, “España verde y digital. El impacto del Plan de Recuperación”. Y la intención era transparente: el presidente quería tomar de nuevo la iniciativa del relato político, desplazar el foco de los tribunales a los fondos europeos, de la corrupción a los indicadores macroeconómicos, del ruido judicial al supuesto milagro español. Quería contar una historia de éxito. Pero la realidad, que suele tener menos luces de plató y peor puesta en escena, le arruinó el estreno.
Mientras Sánchez hablaba de reformas cumplidas, de transformación sin precedentes, de inteligencia artificial, de empleo verde, de jóvenes digitales y de una España que avanza como locomotora de Europa, el país miraba hacia otro sitio. No al escenario, sino al Tribunal Supremo. La sentencia del caso mascarillas cayó sobre la première como una losa de 24 años sobre el ministro, primero de Fomento y luego de Transportes, de su primer gobierno. Ábalos no era un concejal anónimo en una comarca remota, sino el hombre fuerte del presidente y la clave de bóveda de aquella arquitectura política que llevó a Sánchez a La Moncloa.
En el Teatro Real, el Gobierno intentaba proyectar el futuro. En el Supremo, el pasado reciente llamaba a la puerta. En el escenario, España era verde y digital. En los tribunales, España seguía oliendo a mascarillas, contratos de emergencia, comisionistas, favores, alquileres de pisos de lujo y dinero público malversado. El presidente quería vender una epopeya europea y la actualidad le devolvió un expediente penal. Quería hablar de la economía que crece y se encontró esa corrupción que ya es un rayo que no cesa.
Sánchez necesitaba aire. Necesitaba fabricar una imagen de Gobierno en marcha, de país en transformación, de presidente ocupado en las grandes cosas mientras la oposición y los jueces se entretienen en el fango. El presidente anunció que España ha cumplido ya nueve de cada diez reformas del Plan de Recuperación pactadas con Bruselas. Y presumió de que él, a diferencia de otros no ha construido “aeropuertos sin aviones, pero con estatuas gigantes, o puertos sin barcos, ni velódromos de la corrupción”, aunque esto último es quizá una metáfora poco oportuna, creo yo. “Hace seis años, elegimos muy bien”, asegura el presidente el mismo día que el Supremo condena a su ministro. Y “entre construir fábricas de baterías y microchips y derrochar en obras faraónicas, pues en esta ocasión supimos elegir bien”.
Así que mientras su Gobierno decidió abandonar a su suerte esas obras faraónicas del pasado, esas molestas presas, esas carreteras inútiles, esos ferrocarriles trasnochados o esas redes eléctricas prescindibles, Sánchez ha llenado España de fábricas de baterías y microchips. O eso le ha debido de contar alguno de sus asesores. Lástima que ninguno de esos ministros que fueron a aplaudirle se atreviese a explicarle que en realidad en España no hay todavía ninguna fábrica de baterías, aunque sí cuatro en construcción y que el único proyecto para una gran fábrica de microchips, el de Broadcom, se abandonó en 2025 tras romperse las negociaciones con el Gobierno.
Mientas Sánchez aseguraba que “cuanto termine el verano, nuestra economía habrá culminado un proceso de modernización y de transformación probablemente sin precedentes durante las más de cuatro décadas de nuestra democracia”, los ciudadanos siguen sin comprender muy bien qué pasa entonces con el tíquet del supermercado y con ese sueldo que no llega a fin de mes. Y por qué, mientras Sánchez glosa las hazañas del nuevo Siglo de Oro español, ellos viven en un país donde tener empleo no permite emanciparse, donde comprar una vivienda es una fantasía y alquilar una habitación se ha convertido en una forma moderna de resignación. Por qué viven en un país donde la macroeconomía sube al escenario con traje de gala mientras la micro revisa la cuenta bancaria y apaga la luz del pasillo.
Sánchez habla de un país que despega, pero millones de españoles siguen aguardando a ese avión que nunca llega. Habla de transformación productiva, pero la productividad sigue siendo el gran agujero negro del modelo español. Habla de modernización, pero la burocracia asfixia a empresas y autónomos. Habla de futuro digital, pero el problema más urgente de muchos jóvenes no es la inteligencia artificial, sino encontrar un piso donde vivir sin entregar medio sueldo. Habla de Europa, pero Bruselas sigue señalando debilidades muy concretas en vivienda, innovación, regulación, red eléctrica, agua, pobreza infantil y funcionamiento institucional.
Hay algo casi barroco en esta insistencia del Gobierno por declarar inaugurado un país que los ciudadanos no reconocen. Como si bastara con repetir “verde y digital” para que desaparezcan la precariedad, la inflación acumulada, el deterioro de las infraestructuras y los servicios públicos, los alquileres imposibles o la sensación de fatiga moral que recorre la vida pública. La propaganda siempre ha tenido esa tentación demiúrgica de sustituir la realidad por el relato. Pero, como escribió Philip K. Dick, la realidad, cuando uno deja de creer en ella, no desaparece.
Y aunque suene redundante, la realidad se hizo muy presente el lunes en el Teatro Real. La realidad es una sentencia que nos explica con detalle a qué se dedicaba este Gobierno durante lo peor de la pandemia. Mientras la gente vivía entre el miedo, el encierro y la muerte, cosiendo mascarillas en sus casas, el ministro de Transportes, secretario de organización del partido Socialista y una de las cuatro autoridades competentes delegadas para gestionar la crisis, dedicaba sus afanes a elegir la mejor compañía posible para celebrar sus recién adquiridas potestades en los paradores nacionales, pagando sus sucias aficiones con las comisiones de esas mascarillas que nos llegaron a vender hasta a ocho euros la unidad.
Sánchez ha construido buena parte de su carrera sobre el dominio del tiempo político. Resistir, desplazar, cambiar de conversación, abrir otra pantalla, convertir cada crisis en el preludio de una nueva campaña. El acto del lunes era exactamente eso. Pero hay días en que las palabras no sirven: son palabras. El presidente puede seguir recitando cifras trucadas, glosando transformaciones y modernizaciones ciclópeas y atribuyéndose milagros económicos. Pero el milagro no llega a fin de mes, por mucho que Sánchez crea que “no existe mejor motivo para gobernar este país que coronar así esta década, de aquí al año 2030”.
