Desmantelar la nuclear es negacionismo climático
En 2024 la nuclear siguió siendo una pieza esencial del mix eléctrico español. Aporta alrededor del 20% de la electricidad y es, junto a las renovables y la hidroeléctrica, la columna vertebral del suministro con baja huella de carbono. Decidir desmantelar hoy la generación nuclear por razones puramente ideológicas equivale a renunciar a una fuente continua, predecible y de alta disponibilidad, justo cuando el sistema eléctrico demanda cada vez más energía y más flexibilidad. La nuclear no sólo entrega megavatios, también ofrece capacidad firme que actúa como ancla operativa para un sistema donde la producción variable (eólica y fotovoltaica) crece rápidamente.
Las centrales nucleares (como otras unidades síncronas: térmicas e hidroeléctricas) proveen inercia rotacional y control de tensión. Esa inercia no es un tecnicismo, es la “masa” que amortigua variaciones de frecuencia instantáneas y da tiempo a los sistemas de protección y a generadores de respuesta a nivel secundario para actuar. A medida que crece la penetración de fuentes no síncronas (solar y eólica), la red pierde esa amortiguación natural y se hace más vulnerable a oscilaciones y apagones si no se implementan contramedidas (síncronos condensadores, almacenamiento de gran potencia, controles de tensión en renovables). Los informes sobre el apagón de abril han vuelto a situar estas cuestiones en el centro del debate. La falta de suficiente control de tensión e inercia contribuye a que un fallo puntual se convierta en un colapso regional o nacional.
En términos de emisiones, la nuclear se sitúa en un rango ínfimo (decenas de gramos de CO2eq/kWh, con medianas del orden de ~10–12 gCO2eq/kWh), comparable a la eólica y por debajo de la mayoría de las tecnologías solares. En cambio, el gas emite infinitamente más cuando sustituye la producción nuclear. Mantener la nuclear permite reducir emisiones sin necesidad de combustibles fósiles adicionales y desmantelarla es directamente negacionismo climático.
Todos los modelos demuestran que apagar reactores incrementa las emisiones porque la energía sustituida suele provenir mayoritariamente de ciclos combinados de gas o, en periodos de tensión incluso de carbón, con el consiguiente aumento de CO2. Estudios específicos de mercado indican que las alternativas renovables, aun escaladas, no eliminan inmediatamente la necesidad de combustibles fósiles de respaldo si no se acompaña la transición con almacenamiento y redes reforzadas.
Además, la nuclear participa en los mercados ofreciendo energía a precios muy bajos (por su bajo coste marginal) y reduce las horas en las que las tecnologías más caras determinan el precio final. Varios estudios centrados en el mercado español indican que la retirada de potencia nuclear desplaza la curva de oferta y eleva el precio medio. Los modelos más conservadores estiman aumentos de precios por encima del 20%. Además, energéticas y grandes empresas del sector advierten del impacto económico y de competitividad si se suprime esa capacidad firme sin reemplazo.
En la práctica, lo que ocurrió en países que han apostado por la salida acelerada de la nuclear, el caso más paradigmático es el de Alemania, fue un aumento de la dependencia del gas y en ciertos periodos incluso del carbón, con efectos negativos sobre precios y emisiones. La literatura reciente cuantifica que posponer cierres nucleares reduce la generación a gas en varios TWh y, por tanto, reduce las emisiones de CO2.
No es coherente proclamar la lucha contra el cambio climático y, al mismo tiempo, acelerar el cierre de una tecnología que la Unión Europea ha clasificado como necesaria para la mitigación climática, precisamente por su potencial para reducir emisiones. Si la intención real es reducir CO2 y mantener seguridad de suministro y precios manejables, la retirada de la nuclear sin un plan técnico creíble para sustituir su potencia firme es una decisión cuando menos contradictoria, por no decir directamente irracional.
No se trata ni de mantener las centrales nucleares para siempre jamás, ni de ni ignorar los retos de seguridad y gestión de residuos, sino de coherencia y planificación con criterios técnicos. Y esta coherencia exige una moratoria hasta que exista, y esté instalada y probada, suficiente capacidad de almacenamiento y sistemas de control que garanticen estabilidad.
Es necesario un nuevo Plan de Energía y Clima, uno de verdad, realista y que de prioridad al almacenamiento a gran escala (con rebombeo hidroeléctrico, baterías a escala, hidrógeno de almacenamiento), que en España debería apoyarse en nuestro importante parque hidráulico. Y son urgentes también medidas técnicas para evitar oscilaciones y pérdida de tensión: desplegar síncronos condensadores, controles de tensión en parques renovables y reforzar la capacidad de respuesta rápida. Y este plan debe evaluar económicamente las consecuencias (impacto en precios, emisiones y seguridad) antes de desmantelar reactores. Cualquier cierre debe estar condicionado a que el reemplazo garantice el mismo nivel de descarbonización y fiabilidad, cosa que ahora mismo no está cerca de suceder.
Pese a su injustificada mala prensa, la energía nuclear ha sido durante décadas una fuente de energía estable, barata, con baja huella de carbono y servicios de red imprescindibles, además de proporcionarnos independencia de los países productores de gas y petróleo, que no suelen ser precisamente las amistades más recomendables. Abandonarla precipitadamente sin almacenamiento masivo, sin reforzar la red, sin instrumentos técnicos para mitigar la pérdida de inercia y sin garantías de que se reemplace por fuentes igualmente bajas en CO2 es un error estratégico que encarecerá la electricidad, y aumentará tanto las emisiones como nuestra dependencia de países como Rusia o Argelia. Si el objetivo real es combatir el cambio climático y proteger la economía y la seguridad del suministro, la alternativa no puede ser una decisión ideológica que abunda en el negacionismo climático sino un plan técnico, ambicioso y urgente. Pero seguramente exigir coherencia es mucho pedir para este Gobierno.
