Cuba vuelve a apagarse
El colapso del 18 de septiembre dejó sin electricidad a prácticamente toda la isla. La escasez de combustible, agravada por las restricciones estadounidenses, es una parte real del problema. La otra, la muestran los propios datos oficiales cubanos, que presentan centrales con hasta seis décadas de servicio, un mantenimiento insuficiente, una generación disponible muy por debajo de la demanda y una red que opera prácticamente sin reserva. Cuando una avería de transmisión termina apagando un país entero, el problema no es solo la avería.
Cuba volvió a quedarse casi del todo a oscuras, una vez más, el viernes 18 de septiembre. Poco antes de las dos de la tarde, una incidencia en la red de alta tensión desencadenó una perturbación que terminó con la desconexión total del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). Millones de personas quedaron nuevamente sin suministro eléctrico y comenzó una operación particularmente compleja, la de reconstruir desde cero una red que, incluso antes de colapsar, estaba funcionando con un déficit extraordinario de generación.
La Unión Eléctrica cubana situó el origen de la perturbación inicial en la red de 220 kV entre Matanzas y Cienfuegos. A partir de ahí se produjo una pérdida progresiva de estabilidad hasta alcanzar la desconexión general. EFE y otros medios contabilizan entre seis y ocho apagones generales durante 2026, en menos de nueve meses.
Cuando las perturbaciones sistémicas se repiten con esa frecuencia, dejan de ser episodios aislados para convertirse en una característica del funcionamiento (o malfuncionamiento) del sistema.
Una línea falla, el país se apaga
Una red eléctrica moderna no se diseña suponiendo que todos sus elementos funcionarán siempre. Líneas, transformadores y grupos generadores fallan. Precisamente por ello se trabaja con redundancias, reservas de generación, protecciones, automatismos y criterios de seguridad que buscan impedir que la pérdida de un elemento provoque una cascada general. Pero ocurrió que una perturbación en la transmisión terminó separando y derribando un sistema eléctrico que ya trabajaba en condiciones extremadamente degradadas. Y ahí aparece el dato quizás más importante de toda esta historia.
El sistema cubano estaba en una situación crítica antes de la avería.
La Empresa Eléctrica de La Habana, reproduciendo los partes de la Unión Eléctrica, había anunciado para el 17 de septiembre —un día antes del colapso— una afectación prevista de 2.120 MW durante el horario punta. La cifra no representa la capacidad instalada que existía sobre el papel, sino electricidad que el sistema calculaba que no podría suministrar a sus usuarios.
En otras palabras, Cuba no pasó de tener un sistema eléctrico normal a sufrir una emergencia a las dos de la tarde del viernes. Ya estaba en emergencia. El fallo de transmisión fue el desencadenante. La vulnerabilidad era anterior.
Reconstruir una red desde cero
Cuando un sistema eléctrico sufre un blackout total no basta con reparar la línea averiada y pulsar un interruptor. Una gran central térmica necesita electricidad para arrancar sus bombas, ventiladores, sistemas de lubricación, control y servicios auxiliares. Pero precisamente después de un apagón general esa electricidad no existe.
Por eso la restauración comienza mediante instalaciones capaces de efectuar o facilitar un arranque en negro —black start—, o mediante pequeñas fuentes que permiten formar «islas eléctricas». Esas islas alimentan primero instalaciones esenciales y, progresivamente, proporcionan energía a otras centrales mayores. Después llega una de las operaciones más delicadas: unirlas.
Dos redes aisladas no pueden simplemente conectarse. Deben aproximar frecuencia, tensión y ángulo de fase antes de sincronizarse. Una maniobra incorrecta puede volver a derribar lo que se acaba de recuperar. Eso es exactamente lo que explica la creación de pequeños microsistemas eléctricos en distintas provincias cubanas tras el colapso. AP informó que durante la tarde del viernes apenas alrededor del 5 % de los usuarios de La Habana había recuperado el suministro. Se priorizaron hospitales, bombeos de agua y otros servicios esenciales.
Al día siguiente continuaba la reconstrucción. EFE informó posteriormente que todas las provincias habían vuelto a quedar interconectadas unas 32 horas después del apagón, aunque la propia UNE advertía de que interconectar el sistema no significaba restablecer el suministro a todos los usuarios, pues continuaban las severas restricciones de generación.
Ésa es otra distinción importante. Cuba puede recuperar su red y seguir teniendo apagones. Porque el problema de estabilidad y el problema de suficiencia de generación están relacionados, pero no son exactamente lo mismo.
Centrales diseñadas para treinta años que llevan cuarenta, cincuenta o sesenta
Para determinar hasta qué punto puede responsabilizarse exclusivamente a las sanciones estadounidenses conviene acudir, paradójicamente, a las propias fuentes oficiales cubanas.
En septiembre de 2021, Granma, el órgano de prensa oficial del Partido Comunista de Cuba, explicaba que la vida útil considerada para una central termoeléctrica se situaba aproximadamente entre 30 y 35 años. Según el entonces ministro de Energía, salvo los dos bloques de Felton, los restantes grupos térmicos cubanos superaban ya los 30 años de explotación, y siete acumulaban más de cuatro décadas funcionando.
Cinco años después el calendario, evidentemente, no ha rejuvenecido esas máquinas. La central Antonio Maceo, en Santiago de Cuba cumplió, en 2026, las seis décadas desde la sincronización de su primera unidad. La prensa oficial cubana lo presentó como una demostración de la capacidad de sus trabajadores para mantener en operación instalaciones extremadamente veteranas. Desde un punto de vista de ingeniería también evidencia algo muy diferente. Una parte esencial del sistema eléctrico cubano depende de activos construidos para otra época tecnológica. Incluso la Antonio Guiteras, considerada durante años el bloque unitario más importante y eficiente del país, superaba ya los 36 años de explotación en 2025.
Pero el problema no es la edad. Una central puede prolongar notablemente su vida mediante grandes revisiones, sustitución sistemática de equipos y modernizaciones. El problema, además de la acusada antigüedad de las centrales, es la insuficiencia en su mantenimiento.
Y, nuevamente, no es una acusación externa. Una extensa explicación publicada por Granma reconoce que durante determinados periodos se redujeron drásticamente los recursos destinados al sistema eléctrico y explica con una claridad poco habitual las consecuencias mecánicas. Cuando componentes que deberían sustituirse al alcanzar determinadas horas de funcionamiento continúan en servicio, comienza «un deterioro progresivo del sistema».
Más significativo todavía resulta que, al explicar en abril de 2026 el programa gubernamental de recuperación energética, el propio ministro de Energía y Minas reconoció que la reparación de la unidad 4 de la central Carlos Manuel de Céspedes se había retrasado por «errores de planificación y calidad en los mantenimientos».
Es difícil atribuir esa frase a propaganda estadounidense.
El embargo existe y sí importa
Nada de lo anterior permite ignorar el otro componente del problema. Estados Unidos ha endurecido considerablemente durante 2026 su presión sobre el suministro energético cubano. Reuters documentó cómo las medidas adoptadas por Washington dificultaron gravemente la llegada de petróleo a la isla y cómo algunos cargamentos cambiaron incluso de destino. La escasez de diésel y fuelóil afecta tanto a las grandes centrales como a la generación distribuida que debería actuar precisamente como respaldo durante las emergencias.
AP señalaba tras el apagón del 18 de septiembre que apenas un petrolero ruso había conseguido descargar combustible en Cuba desde marzo. Las restricciones también dificultan pagos internacionales, adquisición de determinados componentes y logística energética. Negarlo sería tan poco riguroso como utilizarlo para explicar todo lo demás.
Las sanciones pueden impedir comprar combustible. Pueden encarecer piezas. Pueden retrasar inversiones. Y la presión estadounidense de 2026 ha deteriorado de manera evidente una situación que ya era muy precaria. Pero no puede explicar por sí sola que buena parte de la generación térmica cubana haya llegado a superar ampliamente su vida de diseño, ni que el país haya mantenido durante décadas una elevada dependencia de combustibles importados, ni los errores internos de planificación y mantenimiento reconocidos por el propio Ministerio. Sobre todo porque la crisis eléctrica es anterior al actual bloqueo petrolero.
En octubre de 2024, casi año y medio antes de las actuales restricciones energéticas estadounidenses, Cuba sufrió ya un colapso nacional que dejó prácticamente a toda su población sin electricidad. Reuters describía entonces centrales construidas décadas atrás, mantenimiento insuficiente y una red extremadamente frágil. Por tanto, hay que distinguir entre causa estructural y factor agravante. Las restricciones de 2026 son un agravante enorme. Pero han golpeado sobre un sistema que ya presentaba profundas vulnerabilidades y carencias.
La ausencia de reserva es el verdadero enemigo
Una red eléctrica necesita margen. Necesita generación disponible por encima de la demanda instantánea, unidades capaces de responder a una perturbación, combustible almacenado, centrales con capacidad de arranque y suficiente robustez en transmisión para redistribuir potencia cuando se pierde una instalación. Cuba tiene, desde hace tiempo, cada vez menos de todo ello.
El 14 de mayo, durante otra crisis del SEN, la propia información oficial recogida por Granma estimaba apenas 1.230 MW disponibles frente a una demanda máxima prevista de 3.250 MW. En aquel momento coexistían centrales averiadas, grupos en mantenimiento y limitaciones de generación térmica.
No se puede extrapolar esa fotografía a todos los días del año, pero ilustra hasta qué extremo puede operar el sistema. Y cuando desaparece la reserva, una incidencia relativamente localizada puede convertirse en una perturbación nacional. La ingeniería eléctrica dispone de muchas herramientas para impedir que una avería se transforme en un apagón general. Pero ninguna arquitectura de protección puede fabricar de la nada megavatios que no existen, combustible que no ha llegado, transformadores de reserva que no se han adquirido o centrales indisponibles por averías.
Solar, imprescindible, pero insuficiente para resolver sola la estabilidad
Cuba está intentando modificar esta situación mediante una expansión acelerada de la generación fotovoltaica. El programa ha incorporado centenares de megavatios solares y las autoridades pretenden continuar aumentando significativamente esa capacidad durante los próximos años. Fuentes oficiales cubanas aseguraban en abril que la participación renovable había pasado aproximadamente del 3 % al 10 % durante 2025.
Es una decisión técnicamente lógica para un país soleado, dependiente del petróleo importado y con grandes dificultades financieras para adquirir combustible. Pero instalar megavatios fotovoltaicos y reconstruir la seguridad de un sistema eléctrico no son exactamente lo mismo.
La generación solar reduce combustible durante las horas de radiación. No garantiza potencia durante la punta nocturna. Tampoco proporciona automáticamente la inercia, regulación de frecuencia, reserva giratoria y capacidad de arranque necesarias para sostener una red debilitada. Para ello hacen falta almacenamiento, electrónica de potencia adecuadamente configurada, generación firme, transmisión y sistemas de control. Cuba necesita renovables. Pero también necesita red.
Una cuestión de responsabilidad pública
El aspecto políticamente más incómodo del apagón no reside en determinar si Donald Trump tiene responsabilidad o si el Gobierno cubano tiene responsabilidad. Existen elementos documentados de ambas. La cuestión relevante es diferente.
Durante décadas, el Estado cubano ha controlado esencialmente la planificación, inversión y operación del sistema eléctrico. Por eso resulta razonable examinar las decisiones acumuladas durante ese periodo. Qué centrales se construyeron, cuáles se modernizaron, cuánto se invirtió en transmisión, qué reservas estratégicas se crearon, cómo se programaron los mantenimientos y por qué se permitió llegar a una situación en la que una parte fundamental del parque térmico supera ampliamente su vida prevista.
Las sanciones explican una parte de las dificultades financieras y energéticas actuales. Pero un sistema eléctrico nacional no alcanza este nivel de fragilidad en nueve meses. Se necesitan muchos años para llegar ahí. Ésa es precisamente la crítica que puede formularse sin necesidad de recurrir a ideología alguna.
El apagón como síntoma
El fallo del 18 de septiembre puede terminar identificado técnicamente como una avería concreta en una línea concreta de 220 kV. Pero ésa será sólo la explicación inmediata. La explicación profunda es más amplia.
Cuba dispone de centrales extraordinariamente envejecidas, una generación distribuida condicionada por la falta de combustible, poca reserva operativa, dificultades para acceder a repuestos, importantes déficits de inversión y una red sometida de manera repetida a condiciones en las que ningún sistema eléctrico puede operar confortablemente.
No se puede negar que las sanciones estadounidenses han empeorado el escenario y deben formar parte de cualquier análisis serio. Pero convertirlas en explicación universal elimina precisamente las preguntas que más necesita responder la ingeniería cubana.
¿Por qué se permitió envejecer de esta manera la generación base? ¿Por qué la disponibilidad cayó tan lejos de la demanda? ¿Qué capacidad real de arranque en negro existe? ¿Qué redundancias tiene la transmisión de 220 kV? ¿Cuál es el estado de los transformadores estratégicos? ¿Cuánta generación firme se necesita para acompañar la expansión solar? ¿Qué inversiones son necesarias para recuperar un criterio de seguridad razonable? Y, especialmente, ¿cuál es el plan para dejar de reconstruir el sistema después del próximo colapso y empezar a evitar que se produzca? Porque éste es quizá el dato más preocupante de todos. En Cuba el apagón general ha dejado de ser un acontecimiento extraordinario para convertirse en un procedimiento operativo conocido.
Los ingenieros saben ya cómo levantar las primeras islas, cómo energizar hospitales, cómo alcanzar las termoeléctricas, cómo sincronizar los microsistemas y cómo reconstruir poco a poco la red. Lo extraordinario no es que sepan hacerlo, sino que durante 2026 hayan tenido que hacerlo una y otra vez.
