Presas llenas, políticas vacías
Este invierno nos está dejando imágenes que hace un par de años no hubiésemos creído. Embalses rebosantes, ríos crecidos y desembalses preventivos en buena parte del país. Entre enero y febrero, la reserva hídrica española ha experimentado una subida vertiginosa. En apenas seis semanas los embalses han pasado de poco más de 31.000 hectómetros cúbicos a superar los 46.000, lo que equivale aproximadamente al 82% de su capacidad total. Nunca desde que existen registros comparables se había alcanzado un nivel tan alto en pleno mes de febrero. En algunas cuencas y regiones el episodio ha sido aún más llamativo. Los embalses de la Comunidad de Madrid han llegado al 86%, el dato más alto en febrero desde 1920. Y en casi todas las cuencas los niveles superan ampliamente las medias históricas para estas fechas.
Y lo más probable es que lo visto hasta ahora sea solo el comienzo. Marzo y abril son tradicionalmente meses lluviosos en gran parte de la Península Ibérica, y las previsiones estacionales apuntan a que las precipitaciones podrían continuar por encima de la media. A ello se sumará, dentro de pocas semanas, el deshielo de la enorme cantidad de nieve acumulada en sistemas montañosos como el Pirineo, la Cordillera Cantábrica, el Sistema Central o la Cordillera Bética. Es decir que la entrada de agua en ríos y embalses seguirá siendo muy elevada durante la primavera.
Y el drama es que gran parte de esa agua no podremos aprovecharla. A medida que los embalses se acercan a su capacidad máxima, los gestores de las confederaciones hidrográficas se ven obligados a abrir compuertas y desembalsar para mantener márgenes de seguridad frente a posibles avenidas. Es un procedimiento necesario desde el punto de vista técnico, pero implica que, en un país con frecuentes sequías, una parte del agua que llega simplemente no puede almacenarse porque no tenemos dónde.
Durante los últimos años se había instalado ese argumento según el cual España ya dispone de suficientes embalses. Y que como esos embalses no se llenaban, construir nuevas presas carece de sentido. Ignorando que se trata de una lógica absurda, ya que el porcentaje de algo es siempre una cantidad inferior del mismo porcentaje de algo mayor, la política hidráulica de las últimas décadas ha tendido más a eliminar infraestructuras que a plantear nuevas. Y esa tendencia se ha acelerado en los últimos años. El caso del azud de Mesa, en el río Cega, cuyo derribo se ejecutó no solo con nocturnidad sino también sin contar con el preceptivo informe de Patrimonio, es un ejemplo. Y también recientes son los casos de amenaza de demolición de pequeñas presas en distintos puntos del país con el argumento de la caducidad de concesiones, como Los Toranes en Teruel o la La Retorna en La Rioja.
Este invierno tan lluvioso debería obligarnos a replantear ese debate. El cambio climático implica mayor irregularidad en las precipitaciones, con sequías prolongadas y episodios de lluvias muy intensas concentradas en pocos días o semanas. Los datos recientes apuntan precisamente en esa dirección de largos ciclos secos seguidos de inviernos extremadamente húmedos. Y cuando el agua llega, lo hace con tal intensidad que los sistemas de regulación existentes no pueden absorberla.
Al mismo tiempo, el calentamiento global está elevando las temperaturas medias, aumentando la evaporación y las necesidades de agua para uso humano, industrial y de regadío. Con este panorama, la capacidad de almacenamiento se convierte en un factor estratégico. Cuanta más agua podamos guardar en los inviernos lluviosos, más resilientes seremos frente a los veranos tórridos y las inevitables sequías futuras.
Pero el debate sobre los embalses no se limita a la disponibilidad de agua. También tiene que ver con la seguridad. Las avenidas repentinas asociadas a lluvias torrenciales son uno de los riesgos naturales más graves en España. El Levante español lo sabe bien. Las DANAs han causado en las últimas décadas en todo el levante español, y muy recientemente en Valencia tragedias humanas y enormes daños económicos. La capacidad de laminar avenidas para evitar crecidas devastadoras aguas abajo, depende en buena medida de la existencia de presas y embalses.
Además, las presas cumplen otra función cada vez más relevante en el sistema energético. En un país que apuesta decididamente por las energías renovables y la descarbonización, el almacenamiento hidráulico es esencial. Las centrales hidroeléctricas y, especialmente, las instalaciones de bombeo reversible permiten almacenar electricidad renovable en forma de agua elevada y liberarla cuando la demanda lo requiere.
Son, en la práctica, enormes baterías naturales que aportan estabilidad a un sistema eléctrico cada vez más dominado por fuentes intermitentes y asíncronas como la solar y la eólica. España tiene condiciones especialmente favorables para este tipo de soluciones. La combinación de una red de embalses encadenados y la fuerte expansión de renovables crea un escenario ideal para el rebombeo como solución al almacenamiento energético. Pero para aprovechar esa ventaja es necesario planificar y construir nuevas infraestructuras, algo que en los últimos años ha estado no solo fuera del debate político, sino directamente demonizado.
Pero cada vez más voces del sector del agua y de la energía reclaman un cambio de enfoque. La Federación Nacional de Comunidades de Regantes (Fenacore) lleva tiempo defendiendo la necesidad de un plan ambicioso de nuevas infraestructuras hidráulicas. No se trata necesariamente de repetir los grandes proyectos del siglo XX, ni construir nuevos macroembalses, salvo que en puntos concretos los ingenieros, basándose en criterios técnicos, lo juzguen necesario. En muchos casos bastaría con una red de embalses laterales, presas de menor tamaño o infraestructuras de regulación que permitan aprovechar mejor las crecidas estacionales. A esa estrategia debería sumarse la modernización de las presas existentes. Muchas infraestructuras hidráulicas españolas tienen décadas de antigüedad y requieren auscultación, mantenimiento urgente y sistemas de control más avanzados.
Es comprensible que existan preocupaciones ambientales. La construcción de presas tiene impactos sobre ecosistemas fluviales y paisajes que deben evaluarse con rigor. Pero también es cierto que la gestión del agua implica inevitablemente decisiones complejas. La alternativa a almacenar agua no es mantener la naturaleza intacta, sino enfrentar sequías más severas, inundaciones más destructivas y una mayor dependencia de combustibles fósiles para estabilizar el sistema energético.
En definitiva, lo que está ocurriendo este invierno debería servir como una llamada de atención. Durante décadas España ha sido un referente mundial en ingeniería hidráulica. El sistema de embalses construido a lo largo del siglo XX permitió transformar un país sometido a fuertes irregularidades climáticas en una economía capaz de garantizar abastecimiento urbano, regadío y producción eléctrica. Hoy ese legado sigue siendo fundamental, pero necesita adaptarse a las nuevas condiciones climáticas.
La lucha contra el cambio climático no puede limitarse a consignas o eslóganes. Frases como “el cambio climático mata” no resuelven los problemas reales que plantea la adaptación. Si algo demuestra este invierno es que la gestión del agua es uno de los grandes desafíos estratégicos de España para las próximas décadas. Adaptarse al cambio climático significa prepararse para un mundo más impredecible. Significa tener capacidad para almacenar agua cuando sobra y para utilizarla cuando escasea. Significa proteger a las poblaciones frente a avenidas cada vez más violentas. Y significa, también, aprovechar las oportunidades de generar y almacenar energía limpia y estable. Los embalses llenos de este invierno son una buena noticia. Pero también deberían ser un recordatorio de que la política hidráulica no puede quedarse anclada en debates del pasado ni paralizada por prejuicios ideológicos. Si queremos afrontar con éxito el clima del futuro, necesitaremos menos consignas y más infraestructuras. Porque adaptarse es construir.

Buen artículo y oportuno. Gracias Diego