La guerra de Irán obliga a rediseñar las infraestructuras energéticas para esquivar Ormuz
Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak aceleran inversiones en oleoductos, puertos y conexiones ferroviarias para reducir su dependencia del estrecho por el que antes de la guerra circulaba cerca del 20% del petróleo y el gas natural licuado mundial. Los proyectos, que podrían movilizar cientos de miles de millones de dólares, están modificando el mapa físico de las exportaciones energéticas de Oriente Medio.
La guerra de Irán está provocando una transformación que va mucho más allá de los mercados energéticos. Después de décadas en las que el estrecho de Ormuz fue asumido como la salida natural del petróleo y el gas del golfo Pérsico, los principales productores de la región están acelerando la construcción de oleoductos, terminales portuarias, instalaciones logísticas y conexiones ferroviarias destinadas a crear rutas de exportación que permitan prescindir, al menos parcialmente, del que durante años ha sido uno de los principales puntos de estrangulamiento del sistema energético mundial.
El conflicto ha convertido esa vulnerabilidad teórica en un problema de ingeniería real. Antes de la guerra, alrededor de una quinta parte de los flujos mundiales de petróleo y gas natural licuado atravesaban Ormuz. Durante buena parte de los últimos seis meses el tráfico ha permanecido prácticamente bloqueado y, aunque recientemente se ha producido una cierta recuperación de la navegación, los movimientos de buques siguen muy por debajo de los niveles anteriores al conflicto. Este pasado jueves atravesaron el estrecho siete buques de materias primas visibles mediante sistemas de seguimiento, frente a una media de 15 durante los diez días anteriores.
La respuesta está siendo trasladar físicamente las rutas de exportación hacia costas situadas fuera del golfo Pérsico. Arabia Saudí está acelerando los proyectos destinados a aumentar la capacidad de su sistema de oleoductos hacia el mar Rojo, mientras Emiratos Árabes Unidos desarrolla una nueva conducción hacia Fujairah, situada en el golfo de Omán y, por tanto, al este del estrecho de Ormuz. Reuters calcula que el conjunto de inversiones que prepara la región en puertos, tuberías y otras infraestructuras podría alcanzar cientos de miles de millones de dólares durante los próximos años.
El East-West Pipeline
Arabia Saudí parte con una ventaja considerable. El país dispone del East-West Pipeline, que conecta el gran centro de procesamiento petrolero de Abqaiq, próximo al golfo Pérsico, con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo. La conducción fue diseñada con una capacidad aproximada de cinco millones de barriles diarios, posteriormente ampliada hasta unos siete millones. Durante los momentos de mayor interrupción de Ormuz de este año llegó a operar precisamente cerca de ese límite, permitiendo que buena parte del petróleo saudí pudiera embarcarse desde la costa occidental sin necesidad de atravesar el estrecho.
Riad trabaja ahora en incrementar todavía más esa capacidad. El objetivo no es únicamente garantizar sus propias exportaciones, sino convertir el corredor terrestre entre el golfo Pérsico y el mar Rojo en una infraestructura regional capaz de transportar también parte del petróleo de países vecinos. Kuwait Petroleum Corporation, por ejemplo, mantiene conversaciones con Arabia Saudí y Emiratos para estudiar la posibilidad de utilizar o ampliar sus sistemas de tuberías y encontrar una salida alternativa para su producción.
Emiratos ha seguido una estrategia similar. Desde hace años dispone del Abu Dhabi Crude Oil Pipeline, conocido como ADCOP, con capacidad para transportar hasta 1,8 millones de barriles diarios desde los campos petrolíferos del interior hasta Fujairah. La infraestructura permitió crear una salida directa al océano Índico sin necesidad de atravesar Ormuz, pero la guerra ha demostrado que su capacidad resulta insuficiente para absorber todo el volumen que el país puede necesitar exportar.
Un segundo gran oleoducto
ADNOC ha acelerado por ello la construcción de un segundo gran oleoducto oeste-este. El proyecto se encontraba ya alrededor del 50% de ejecución en mayo y el Gobierno emiratí pretende que pueda entrar en funcionamiento en 2027. Su puesta en servicio permitirá aproximadamente duplicar la capacidad de exportación de crudo a través de Fujairah. Paralelamente, DP World proyecta dos nuevas terminales de contenedores en ese puerto y desarrolla depósitos logísticos interiores para reforzar la capacidad de transporte terrestre hacia la costa oriental.
La transformación no afecta únicamente a las dos grandes potencias petroleras del Golfo. Irak, cuya producción rondaba los cuatro millones de barriles diarios antes del inicio de la guerra, ha sufrido especialmente la interrupción de Ormuz y está desarrollando una estrategia basada en diversificar completamente sus salidas marítimas.
Bagdad pretende aumentar el transporte hacia el puerto turco de Ceyhan y estudiar nuevas conexiones con Baniyas, en la costa mediterránea de Siria, y Aqaba, en el mar Rojo jordano. El oleoducto entre Irak y Turquía transporta actualmente alrededor de 170.000 barriles diarios, muy por debajo de la producción iraquí. El proyecto de conexión con Baniyas requeriría, según estimaciones conocidas este mes, al menos cuatro años de construcción y una inversión de unos 15.000 millones de dólares.
Conexión ferroviaria
La nueva configuración energética podría incluso terminar vinculándose con una transformación más amplia de las redes de transporte de Oriente Medio. Turquía y Arabia Saudí estudian construir en los próximos tres o cuatro años una conexión ferroviaria entre ambos países a través de Siria y Jordania, a la que podrían incorporarse otros Estados del Golfo. El objetivo sería complementar los oleoductos con corredores terrestres capaces de transportar mercancías desde las economías del golfo Pérsico hacia el Mediterráneo y el mar Rojo.
La importancia creciente de los puertos es otra de las consecuencias directas del conflicto. Las instalaciones saudíes del mar Rojo y las emiratíes de Fujairah están llamadas a asumir una proporción mucho mayor de las exportaciones regionales. El problema es que su capacidad actual todavía está lejos de poder sustituir completamente los grandes terminales del golfo Pérsico. La guerra ha provocado además fuertes caídas de actividad en algunos operadores: AD Ports registró durante el segundo trimestre descensos próximos a dos tercios en determinados tráficos de contenedores, graneles y mercancía general en Emiratos.
El caso más complejo es probablemente Qatar. El país, uno de los grandes exportadores mundiales de gas natural licuado, dependía prácticamente por completo de Ormuz para enviar su producción al exterior y carece de una alternativa terrestre comparable a los oleoductos saudíes o emiratíes. La creación de nuevas rutas para el petróleo es técnicamente relativamente sencilla frente al desafío de sustituir una cadena logística de GNL, que necesita plantas de licuefacción, terminales especializadas, almacenamiento criogénico y buques metaneros.
Ormuz seguirá siendo previsiblemente una de las rutas energéticas más importantes del planeta incluso si el tráfico recupera completamente la normalidad. Pero la guerra ha demostrado que construir un sistema energético mundial en torno a un reducido número de pasos marítimos tiene un riesgo físico difícil de compensar únicamente con medidas militares o diplomáticas. La respuesta de los productores del Golfo está siendo esencialmente una respuesta de ingeniería: más tuberías, más puertos, más capacidad redundante y nuevas rutas terrestres para que el cierre de unos pocos kilómetros de mar no pueda volver a interrumpir una parte sustancial del suministro energético mundial.
