Un colapso glaciar y una avalancha de escombros explican la catástrofe de Nepal: una cadena de riesgos que desbordó el Himalaya
Las primeras reconstrucciones mediante imágenes de satélite y registros sísmicos apuntan a que una gran masa de hielo y roca se desprendió a unos 5.200 metros de altitud y cayó alrededor de 1.200 metros hasta el fondo del valle, desencadenando una sucesión de avalancha, represamiento, avenida súbita y flujo de derrubios que arrasó carreteras, puentes y centrales hidroeléctricas. El balance humano sigue siendo extremadamente provisional: este jueves se contabilizan al menos 177 muertos y más de 1.300 desaparecidos en Nepal y el Tíbet, cifras que las propias autoridades advierten que previsiblemente aumentarán.
La enorme riada que ha devastado el norte de Nepal y la vecina región china del Tíbet parece cada vez menos una inundación convencional y más un ejemplo extremo de lo que los especialistas en riesgos de montaña denominan un fenómeno en cascada. No fue necesaria una lluvia torrencial sobre las poblaciones afectadas ni, según las evidencias disponibles hasta ahora, un gran lago glaciar que reventara de forma súbita. El desastre comenzó probablemente varios kilómetros por encima de los asentamientos, cuando una masa de hielo y roca se desprendió de la alta montaña, adquirió una enorme energía durante su caída y acabó convirtiéndose aguas abajo en una corriente de agua, barro, bloques y sedimentos capaz de modificar el cauce de los ríos y destruir prácticamente cualquier infraestructura situada a su paso.
La secuencia comenzó en la mañana de ayer en el área fronteriza entre Nepal y el Tíbet. Los primeros análisis de las imágenes de alta resolución de Planet Labs sitúan el origen en la parte inferior de un glaciar de las vertientes septentrionales del macizo de Langtang Lirung. Según la reconstrucción preliminar del geomorfólogo Dan Shugar, de la Universidad de Calgary, una parte sustancial del glaciar se desprendió a unos 5.200 metros de altitud y cayó aproximadamente 1.200 metros hasta el fondo del valle. La masa incorporó durante el descenso roca y material suelto antes de alcanzar el sistema del Lhende Khola, tributario del Bhote Koshi.
La diferencia es importante porque las primeras informaciones hablaron de un terremoto. Los sismógrafos habían detectado una señal inicialmente catalogada como un movimiento de magnitud 4,4 y posteriormente equivalente aproximadamente a 5,2. Sin embargo, el Servicio Geológico de Estados Unidos, USGS, ha concluido que la secuencia registrada no corresponde a un terremoto tectónico que provocara posteriormente el desprendimiento, sino a la energía sísmica generada por el propio colapso del hielo y la roca y por el movimiento de la masa de derrubios. En otras palabras, lo que los instrumentos detectaron como un posible seísmo parece haber sido una consecuencia del derrumbe, no necesariamente su causa.
Transformación radical de la ladera
Este extremo sigue siendo relevante porque todavía no se conoce con certeza qué desestabilizó el glaciar. Las imágenes anteriores y posteriores al accidente muestran una transformación radical de la ladera, pero la reconstrucción definitiva requerirá combinar teledetección, meteorología, modelos digitales del terreno, datos sísmicos y, cuando sea posible, reconocimiento sobre el terreno. El International Centre for Integrated Mountain Development, ICIMOD, con sede en Katmandú, insiste en que las conclusiones todavía son preliminares.
Lo que sí comienza a entenderse mejor es el mecanismo físico que convirtió aquel desprendimiento inicial en una catástrofe a gran distancia. Una masa de hielo y roca que cae 1,2 kilómetros dispone de una enorme energía potencial gravitatoria. Durante el descenso, el material se fragmenta, acelera e incorpora nieve, hielo, suelo y roca. Parte de la energía se transforma en calor mediante impactos y fricción, favoreciendo además la presencia de agua líquida. Al alcanzar un cauce, esa masa deja de comportarse simplemente como una avalancha y puede convertirse en un flujo multifásico en el que agua, barro, grava y grandes bloques se desplazan conjuntamente.
Ese proceso explica por qué las imágenes del desastre muestran una corriente mucho más densa que una inundación ordinaria. La capacidad destructiva no depende únicamente de la altura del agua. Un flujo de derrubios tiene una densidad considerablemente mayor, transporta bloques capaces de golpear pilares, edificios y estructuras y ejerce enormes esfuerzos sobre cualquier obstáculo. Al mismo tiempo, erosiona las márgenes y el propio fondo del cauce, incorporando nuevo material y aumentando su volumen mientras avanza. Es un mecanismo de autoalimentación: un fenómeno que empieza en un área relativamente pequeña puede convertirse kilómetros más abajo en una avenida de dimensiones muy superiores.
El precedente de 2016
Existe un precedente científico especialmente ilustrativo en la misma región del Himalaya. Investigadores que reconstruyeron una inundación glaciar de 2016 en el Alto Bhote Koshi demostraron cómo la salida relativamente limitada de un lago glaciar situado en el Tíbet terminó transformándose, tras incorporar grandes cantidades de sedimentos y provocar nuevos deslizamientos, en un enorme flujo transfronterizo de derrubios que dañó una central hidroeléctrica y carreteras en Nepal. El estudio, publicado en Scientific Reports, concluyó que el volumen y la peligrosidad de la avenida aumentaron considerablemente durante su propagación.
Las primeras observaciones hidrológicas de la catástrofe de esta semana muestran precisamente una propagación extraordinariamente rápida. ICIMOD señala que el nivel del Trishuli en Galchhi aumentó hasta nueve metros en apenas 30 minutos y que en Malekhu la subida fue de unos siete metros durante un intervalo similar. Varias estaciones hidrométricas quedaron destruidas o arrastradas por la corriente, reduciendo además la capacidad de observación justo cuando resultaba más necesaria para anticipar la evolución de la avenida aguas abajo.
Los investigadores estudian también si la avalancha creó en algún punto un represamiento temporal del río. Cuando un desprendimiento de grandes dimensiones bloquea un valle, los escombros pueden comportarse como una presa natural. El agua comienza a acumularse aguas arriba hasta que encuentra una vía de salida o vence la resistencia del tapón. Si éste colapsa bruscamente, toda el agua almacenada puede liberarse en minutos y superponerse al flujo inicial, multiplicando el caudal punta. ICIMOD advertía todavía este jueves de la existencia de un bloqueo aguas arriba y del riesgo de nuevas avenidas, circunstancia que ha obligado a mantener evacuaciones y vigilancia en la zona fronteriza.
La causa no parece un vaciamiento súbito de un lago glaciar
Por ello tampoco resulta exacto, al menos con los datos disponibles, describir lo ocurrido simplemente como un GLOF, las siglas inglesas de Glacial Lake Outburst Flood o avenida por vaciamiento súbito de un lago glaciar. Ese fue precisamente el mecanismo de la inundación sufrida por esta misma zona en julio de 2025, cuando el drenaje rápido de un lago supraglaciar situado sobre el glaciar Purepu, en el Tíbet y unos 35 kilómetros aguas arriba de la frontera, provocó una gran riada por el Lhende y el Trishuli. El informe oficial de la autoridad nepalí de gestión de desastres identificó entonces claramente la rotura del lago como origen del episodio.
El fenómeno de ayer parece diferente. La hipótesis dominante es ahora una avalancha de hielo y roca, posiblemente seguida de uno o varios represamientos y vaciamientos súbitos. La distinción puede parecer académica, pero es fundamental para la ingeniería de riesgos: vigilar únicamente el volumen y crecimiento de los lagos glaciares no permite detectar todos los mecanismos capaces de generar una inundación catastrófica.
El cambio climático forma parte inevitablemente del análisis, pero los científicos piden prudencia antes de atribuirle directamente el desprendimiento. Las imágenes de satélite indican que en las 24 horas anteriores había desaparecido una cantidad considerable de nieve superficial y los especialistas apuntan a condiciones cálidas, aunque todavía faltan datos meteorológicos locales suficientes para determinar si ese episodio concreto desencadenó la rotura. ICIMOD subraya expresamente que aún es demasiado pronto para establecer cuánto contribuyó el calentamiento al accidente del miércoles.
Calentamiento global
El contexto físico, sin embargo, es inequívoco. El Himalaya está experimentando una pérdida acelerada de hielo y transformaciones profundas del permafrost, la nieve y las laderas de alta montaña. El calentamiento puede retirar el hielo que durante décadas actuaba como apoyo lateral de determinados macizos, aumentar la circulación de agua por fracturas y modificar los ciclos de congelación y deshielo. En zonas de permafrost, el hielo contenido entre bloques y fisuras funciona en cierta medida como un cemento: cuando se degrada, disminuye la estabilidad mecánica de la montaña.
La literatura científica estaba advirtiendo precisamente este año sobre ese problema. Un trabajo publicado en abril en npj Natural Hazards identificó 219 glaciares colgantes únicamente en la cuenca de Alaknanda, en el Himalaya central, y concluyó que la combinación de pendientes pronunciadas, calentamiento, geometría glaciar y creciente ocupación de los valles está aumentando la exposición de poblaciones e infraestructuras. Los modelos realizados para algunos de esos glaciares producen alturas potenciales de flujo superiores incluso a 50 metros en determinados corredores. El estudio señala además que la predicción de estos colapsos necesita incorporar mediciones de velocidad superficial del hielo y actividad microsísmica, además de la observación geométrica convencional.
Daños en infraestructuras hidráulicas y de transporte
La catástrofe vuelve a poner especialmente bajo el foco la ingeniería hidroeléctrica del Himalaya. Las gargantas estrechas y los grandes desniveles convierten los ríos nepaleses en lugares idóneos para producir electricidad, pero esas mismas condiciones concentran la energía de avalanchas, inundaciones y flujos de derrubios. La Nepal Electricity Authority ha comunicado daños en instalaciones como Rasuwagadhi, Chilime y Upper Trishuli 3A, así como en la subestación de 220 kV del nodo Trishuli 3B y en infraestructuras de generación, transporte y distribución. Las primeras estimaciones sectoriales apuntan a varios centenares de megavatios desconectados de la red, aunque la evaluación técnica de los daños continúa.
El transporte ha sufrido un impacto igualmente severo. El Departamento de Carreteras de Nepal calcula de forma preliminar que han resultado dañados al menos 19 puentes y unos 40 kilómetros de carreteras a lo largo del corredor Bhote Koshi-Trishuli. Algunas de estas vías constituyen además la principal conexión terrestre entre Katmandú y la frontera tibetana, por lo que su desaparición dificulta simultáneamente las labores de rescate y la llegada de maquinaria pesada para reconstruir las infraestructuras.
Desde el punto de vista del diseño, el desastre plantea una dificultad considerable. Un puente, una presa derivadora o una central pueden dimensionarse frente a una avenida de determinado periodo de retorno calculada a partir de registros hidrológicos y precipitaciones extremas. Pero una avalancha glaciar que incorpora millones de toneladas de material al cauce introduce cargas diferentes: impactos de bloques, abrasión, erosión extraordinaria de cimentaciones, taponamiento de vanos y cambios súbitos en la geometría del río. La avenida puede dejar de seguir el cauce previo y abrir otro nuevo, haciendo insuficientes las defensas diseñadas exclusivamente a partir de niveles históricos de agua.
Ingeniería de prevención
La propia avenida ha modificado cauces a más de 100 kilómetros del origen, según los primeros análisis recogidos por Reuters. Esa capacidad para remodelar el territorio explica por qué los especialistas hablan cada vez más de riesgo “multiamenaza” o de fenómenos compuestos: el problema ya no consiste en calcular por separado el riesgo de avalancha, deslizamiento, inundación o terremoto, sino en modelar cómo uno de ellos puede desencadenar inmediatamente los demás.
La ingeniería de prevención tendrá que avanzar en la misma dirección. La monitorización mediante satélites ópticos y radar, sensores GNSS sobre los glaciares, interferometría radar, estaciones meteorológicas de alta montaña, auscultación de grietas y redes sísmicas capaces de identificar pequeños “icequakes” puede proporcionar indicios de aceleración antes de algunos colapsos. Los modelos numéricos como RAMMS o r.avaflow permiten después simular por dónde podrían desplazarse masas de hielo, roca y agua y determinar qué carreteras, centrales, puentes o asentamientos quedan dentro del corredor potencial de impacto. La investigación reciente advierte, sin embargo, de que todavía existen importantes lagunas de información en el Himalaya.
A ello se suma un problema político y técnico inseparable de la geografía: las amenazas son transfronterizas. Una masa puede desprenderse en Nepal, alcanzar un cauce situado en el Tíbet y regresar después aguas abajo a territorio nepalí sin que las fronteras administrativas tengan relevancia física alguna. ICIMOD reclama por ello sistemas de alerta compartidos entre China y Nepal capaces de intercambiar automáticamente información hidrológica, sísmica y meteorológica. La misma cuenca ha sufrido ya dos grandes inundaciones en apenas catorce meses.
La investigación tardará probablemente semanas o meses en establecer el detonante exacto. Pero el esquema general comienza a ser claro. La catástrofe de Nepal no fue simplemente un río que recibió demasiada agua. Fue una transferencia gigantesca y extremadamente rápida de masa y energía desde la alta montaña hasta el fondo de los valles, en la que hielo, roca, agua y sedimentos fueron cambiando de comportamiento a medida que descendían. Para la ingeniería del Himalaya, ésa puede ser la principal lección del desastre: las infraestructuras construidas bajo una criosfera que durante décadas se consideró relativamente estable tendrán que diseñarse y gestionarse para una montaña que está cambiando y en la que los riesgos ya no aparecen de uno en uno.
