Raúl del Pozo, el tahúr de las palabras, que nunca hacía trampas

Raúl del Pozo, el tahúr de las palabras, que nunca hacía trampas

Los vasos de whisky se alzan, huérfanos, en las viejas barras de Madrid. Se nos ha ido Raúl, nuestro querido Raúl del Pozo. Ha muerto el último pistolero del periodismo canalla, escrito desde las entrañas. Sirvan estas líneas de homenaje al último que vivió el periodismo como un paseo por el amor y la muerte, del que siempre salía victorioso… aunque fuera con una mueca de tristeza. Su sable, la palabra, y la calle, su única patria.

Nacido un fría Navidad de 1936 en Mariana, Raúl no estaba destinado a los goces ni a los amores rutinarios, sino al barro vibrante de la vida. Dejó atrás su primer destino como maestro de escuela rural para lanzarse al océano turbulento del periodismo de aquellos años. Como el Tenorio, a las cabañas bajó y a los palacios subió, pero a diferencia de aquel, siempre fue dulce la memoria que dejó. ¡Qué historias contaba!

En los oscuros años de la dictadura, militó activamente en el Partido Comunista de España (PCE), sin ser comunista, para luchar contra el franquismo.

Escribió para Mundo Obrero bajo el mítico seudónimo de «Raúl Júcar», siendo la voz afilada de los que no la tenían, esquivando la censura y los riesgos que tocaban.

Su compromiso mutó con la llegada de la democracia. Ya sin carné, se erigió como uno de los cronistas más brillantes y lúcidos de la Transición, con su mirada sin filtros ni compromisos bastardos.

Con el olfato de un sabueso viejo y haciendo ruido en redacciones saturadas de humo y talento, como la del mítico Pueblo de Emilio Romero, Raúl demostró que el gran periodismo es el que gasta tacón.
Fue enviado especial y corresponsal en plazas tan exigentes como Moscú, Londres, Lisboa o Buenos Aires.
Aunque lo verdaderamente épico de Raúl era su asombrosa capacidad para descifrar el mundo desde el idioma de la calle, poniendo en evidencia la pretenciosa erudición de las élites. La suya era una lengua antigua y universal, la de la supervivencia, los pícaros, y la humanidad descarnada.

A medida que la España en blanco y negro se llenaba de color, Raúl se transformó en una figura mediática, asumiendo la herencia de Paco Umbral en El Mundo, con «El ruido de la calle», o prestando su voz socarrona a los Protagonistas de Luis del Olmo. Pero detrás de su prosa barroca y de los focos, habitaba el hombre esencial que amó profundamente a su mujer Natalia, y a su inolvidable perrita Dana.
Esa mestiza lista, que le miraba como si fuera Einstein, fue su sombra bajo el granado del jardín. Fue ella, con sus ladridos entre amigos y vasos de Lagavulin, la que inspiró el título de su biografía, «No le des más whisky a la perrita».

Hoy, el autor de Noche de tahúres ha cerrado los ojos para ir a buscar la gran exclusiva: ¿Qué opinará Dios de todo esto?

Salvaje y tierno, bohemio y temerario. Hoy el viejo tahúr, su amada Natalia y su fiel Dana vuelven a pasear juntos por el Jardín del Edén, donde las rotativas hablan del mañana de los hombres.

Ramiro Aurín Lopera

Ramiro Aurín Lopera

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