En el Día Internacional de los Bosques
Desde 1971, Naciones Unidas, a propuesta de la FAO, proclamó el 21 de marzo como el Día Forestal Mundial, con el objetivo de concienciar a la sociedad mundial de la importancia de todo tipo de bosques y de los árboles en general.
Posteriormente, a partir de 2013, el 21 de marzo, pasa a denominarse Día Internacional de los Bosques.
En España debíamos de celebrar el Día Internacional de los Montes.
Monte es una palabra genuinamente española, difícilmente traducible a otros idiomas, que describe aquellos terrenos que poblados de vegetación espontánea o repoblada, no están sometidos al cultivo agrícola, ni se encuentran dentro de las áreas urbanas. No son parques ni mucho menos jardines, aunque compartan con ellos, la vegetación, como una componente más de su estructura.
En contra de la definición de la Real Academia de la Lengua, no tienen por qué ser terrenos incultos, porque una gran parte de los montes están sometidos a planes de ordenación y gestión sostenible, bajo las reglas de las ciencias de la selvicultura y la dasonomía.
Pero al margen de definiciones, los montes y especialmente los arbolados, los bosques, son estructuras que funcionalmente proporcionan una serie de servicios, unos ambientales, otros económicos, otros sociales e incluso culturales, imprescindibles para las personas y para la sociedad en su conjunto.
Los bosques existen, porque en un momento dado, alguien pensó que convenía conservar esa superficies arboladas para recibir un beneficio de su existencia.
En las sociedades actuales, influidas por comunicadores eficaces, los bosques se han convertido en el imaginario colectivo, en una especie de museo o reserva, que de ningún modo pueden ser aprovechados o utilizados económicamente.
Hemos llegado al extremo de considerar inaceptable moralmente, cortar árboles u obtener un beneficio económico de su aprovechamiento. En muchos lugares está prohibido coger leña, piñas o cualquier otro recurso forestal, que aleja a la gente del monte.
Bajo esta presión social se llega a producir un abandono de los montes y en consecuencia una falta de interés por su gestión y su conservación.
Primero, porque un monte que no se corta es un monte envejecido y sin capacidad de regeneración futura, con ausencia de repoblado joven que garantice la supervivencia y la persistencia de la masa forestal y segundo porque desincentiva el interés de los titulares y propietarios por fomentar el crecimiento y la expansión de la masa forestal que, en muchos casos, incluso termina declarándose espacio protegido sin ningún tipo de compensación a sus titulares.
Hay que pensar que cuando se construye una infraestructura se lleva a cabo una expropiación, fijando un precio que compense al propietario de la desaparición de su propiedad, mientras que en la declaración de espacios naturales protegidos, no se produce esa compensación y sí por el contrario, se imponen una serie de limitaciones, en lo que podríamos denominar una incautación encubierta por parte de los poderes públicos, con lo cual en vez de primar aquellas personas titulares de los terrenos mejor conservados, se les penaliza desincentivando la conservación y fomentando el desinterés y el abandono de esos montes o bosques.
Este es el verdadero riesgo para el futuro de nuestros montes y nuestros bosques, cuyo mayor peligro es la aparición y la propagación de los incendios forestales que antes o después en nuestro clima mediterráneo, terminan apareciendo.
Hoy los bosques, además de los servicios tradicionales reconocidos de productores de materias primas, de agua de calidad, de prevención de la erosión y desertificación del suelo o de uso recreativo y social, se han convertido en herramienta clave en la mitigación del cambio climático como sumideros de carbono.
Esta nueva función climática, hace que la ordenación de los montes se deba de conducir hacia el óptimo de fijación de carbono, a través de una selvicultura específica para esta función, pero que lógicamente tiene que estar retribuida, en un mercado de compensación a los propietarios forestales, de esta nueva cualidad reconocida por la sociedad. El “céntimo forestal” o algo parecido, debería establecerse para financiar un Fondo Forestal, que sirviera para proteger nuestros montes.
De la misma manera hay que fomentar el uso de la madera y sus derivados en todas las aplicaciones posibles para almacenar el carbono y contribuir a la mitigación del cambio climático.
La biomasa forestal como combustible renovable, se convierte en una materia prima clave de nuestro tiempo, que hace posible la creación de empleo, la disminución de emisiones de carbono fósil y la prevención de incendios forestales.
No menos importante es el mantenimiento y fomento de una cubierta vegetal en las cabeceras de las cuencas hidrológicas, para prevenir inundaciones, cada vez de más intensidad por los extremos climáticos, que provocan desastres y catástrofes naturales, que los bosques pueden ayudar a minimizar sus efectos.
Los bosques en definitiva son hoy una infraestructura verde, clave para la calidad de vida y la seguridad de nuestra sociedad. Es verdad que la gran mayoría están lejos de las grandes aglomeraciones urbanas cuyos habitantes, si bien los utilizan como gimnasios sociales e incluso, quien los considera una farmacia al aire libre, no tienen la cultura forestal suficiente para comprender la lógica de su funcionamiento, por lo qué las políticas públicas deben de concienciar a las personas, del papel fundamental de los bosques en la sociedades avanzadas y especialmente ante los riesgos climáticos que ya estamos sufriendo.
Confiemos en que la celebración de este Día Internacional de los Bosques, no se quede en la noticia, ni en la imagen, sino que sirva para implicarnos a todos en su conservación activa, como garantía de nuestra calidad de vida, hoy y en el futuro.
