El Colegio de Ingenieros de Caminos necesita un cambio

El Colegio de Ingenieros de Caminos necesita un cambio

En 25 años, mientras aumentan los egresados, la colegiación se ha dividido por 7

El próximo lunes 13 se acaba la votación online para elegir a los órganos de gobierno del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. La participación en las últimas convocatorias se sitúa en el entorno del 25% del censo. Eso es sin duda un fracaso democrático, la demostración de que lo que hace el Colegio les interesa a pocos colegiados, de que en la práctica es una institución endogámica que solo sirve a su entorno colonizador.

Pero eso no fue siempre así. En los años de la Transición, bajo el liderazgo de José Antonio Fernández-Ordóñez, el Colegio de Ingenieros de Caminos se significó socialmente en la defensa de los derechos e intereses de ingenieros y ciudadanos. Se promovieron infinidad de iniciativas en defensa de la identidad cultural de la ingeniería y los ingenieros de caminos. Se defendió y potenció que desde la auctóritas del conocimiento y el compromiso, los ingenieros de caminos tenían que intervenir en las decisiones políticas y administrativas que afectaban al patrimonio infraestructural y a su desarrollo.

La participación de los ingenieros de caminos, y la influencia del colegio en la gobernanza era un hecho, ya con los difíciles gobiernos de la UCD, ya con los gobiernos de Felipe González, que, recordémoslo, empezó y/o acabó casi tantas presas y embalses como todos los gobiernos franquistas. Y desde luego en esos gobiernos se identificó una parte del desarrollo económico del país con el desarrollo de sus infraestructuras.

Y desde el Colegio se tuvo una posición respetada en relación al análisis de las necesidades. Las relaciones eran buenas porque había respeto y no rendición de pleitesía. Es cierto que el perfil de aquellos presidentes era de gran estatura profesional y personal, y había unos objetivos y un país que remontar. Además el cadáver a caballo de JAFO en el horizonte, como el del Cid, señalaba el camino, para propios y extraños.

Los jóvenes recién titulados de forma generalizada nos colegiábamos inmediatamente. Era un orgullo colegiarse, una muestra de orgullosa pertenencia. Y ese es el extremo definitivo. En la actualidad apenas el 20% de los egresados se colegia, y casi dando explicaciones a sus compañeros, por lo que parece un absurdo, algo inútil y obsoleto. Hemos pasado de los más de mil nuevos colegiados al año en el primer lustro del siglo XXI, a la caída de 275 a 150 entre el 2020 y el 2024.

Y la relación de respeto e influencia de la profesión a través del Colegio, en nuestro ámbito de conocimiento, ha pasado a la sumisión y el aplauso al ministro o ministra de turno, con la patética excusa de que dependemos económicamente de la administración. De la falsedad y falta de sentido de lo anterior da muestra fehaciente el éxito de la campaña sobre el mantenimiento de la Alta Velocidad a partir del accidente de Adamuz, que al unísono (aunque sin coordinación) promovieron en los medios de comunicación, la Asociación de Ingenieros de Caminos, AICAPE y CESIF.

El resultado de la campaña fue que el ministro Puente pasó de hablar, con media sonrisa en la boca, de soufflé de ingenieros y maquinistas, a poner encima de la mesa un plan de 400 millones al año y 3.660 nuevas contrataciones en varios años. Eso es servicio público, y beneficio económico y social para el sector, tanto para las empresas como para los profesionales. Y desde luego eso es más seguridad para los ciudadanos, para evitar otro accidente y otros 46 muertos. No tener criterio, no tener voz, y no saber lo que queremos, más allá de satisfacer al poder, nos lleva primero a la irrelevancia como colectivo y como actores sociales, y finalmente a la extinción, consolidándose nuestra actividad y función como una commodity a granel.

Por eso no se colegian los jóvenes. Los reconocimientos internos para los compañeros con mérito se han convertido en los últimos tiempos en la compra de la fidelidad. Sin demérito para los que los reciben, que son mediatizados.

El doble objetivo debe ser una tasa de colegiación y de votación de por lo menos del 50%. Para eso tenemos que cambiar muchas cosas, empezando por que el Colegio deje de ser una plataforma de algunos intereses, y porque vuelva a ser el bastión de la defensa de las profesiones de los ingenieros de caminos, y de los ciudadanos, en la búsqueda de la excelencia de nuestras infraestructuras y servicios públicos.

Ramiro Aurín Lopera

Ramiro Aurín Lopera

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