Clemente Sáenz Ridruejo in memoriam. La partida de los últimos héroes

Clemente Sáenz Ridruejo in memoriam. La partida de los últimos héroes

Hay personas que hacen mejores a los que tienen la suerte de estar cerca de ellas. Sus vidas se recuerdan espontáneamente, porque todos aquellos que coincidimos con ellos queremos contarlo. Como cualquier espartano de la época quería contar que era vecino de uno de los trescientos de Leónidas. Porque fueron valientes y murieron en el intento, pero sobre todo porque lo hicieron por los demás. Y eso es más difícil que morir en el intento. Hoy, 1 de marzo de 2026, al cumplirse veinte años de la muerte de don Clemente Sáenz Ridruejo, conviene mirar su figura con esa misma sobriedad espartana, con admiración y gratitud lúcida, para reconocer una manera de ejercer la ingeniería como ciencia, oficio y conciencia, pero más aún por ejercer de ser humano, como amigo, como maestro, como compañero, como hijo, como hermano, y sobre todo como padre, con la templanza sobria y anónima de los auténticos héroes. Y yo, que soy uno de esos afortunados, -somos muchos-, que disfrutamos de su afecto, quiero recordarlo hoy en el 20 aniversario de su tránsito, como un vecino cualquiera de los trescientos, orgulloso de serlo, y rebelde contra el olvido.

Característico retrato de Clemente Sàenz Ridruejo


Nacido en Soria el 3 de mayo de 1928 y fallecido en Madrid el 1 de marzo de 2006, murió a los setenta y siete años, tras una larga enfermedad. Hoy tendría noventa y siete; cumpliría noventa y ocho en mayo.
Fue ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, licenciado en Ciencias Geológicas y catedrático de Geología Aplicada a las Obras Públicas en la Escuela de Caminos de Madrid. Pero reducirlo a títulos sería errar el enfoque. Su biografía se entiende por una coherencia: la misma atención con que leía las rocas para una presa o un túnel la aplicaba a la lectura moral del territorio. O disfrutaba de su belleza desde una sonrisa a menudo silenciosa. Observar una conversación en la que compartiéramos un lugar o cualquier cosa que nos fascinara a ambos, era cómico. Mientras yo me desbordaba desde mi exuberancia mediterránea, casi meridional, él lo resumía todo en una sonrisa con los ojos brillantes y un leve movimiento de cabeza. Alguna vez, y seguro que por no hacerme el feo, podía añadir una o dos palabras. Y era sin embargo un gran conversador…de pocas palabras. Para Clemente, la acción sin sensibilidad ni cultura llevaba a la barbarie espiritual. Pero la cultura que prescinde de las necesidades de las personas, no era más que petulancia para él. Un ingeniero cabal.

En 2006, el Boletín Oficial del Estado publicó la concesión del Premio Nacional de Ingeniería Civil correspondiente a 2004, otorgado por unanimidad “en reconocimiento a su fecunda trayectoria profesional”, donde aunó tres vocaciones: profesor, geólogo e ingeniero de caminos. Y añadió que era merecedor del galardón también por impulsar “la ética, cultura y calidad” en la práctica profesional. No señaló el BOE que esos eran sus principios vitales además de los profesionales.

Su vocación docente fue, quizá, su forma más duradera de influencia, si dejamos aparte los afectos. Enseñaba geología aplicada, pero sobre todo enseñaba a mirar. A mirar una traza y preguntarse qué cicatriz dejará; a mirar un talud y escuchar qué historia lo sostiene; a mirar una cantera y saber que el coste no siempre cabe en una partida presupuestaria. El vínculo que dejó en la Escuela sigue vivo en los Premios Clemente Sáenz Ridruejo, que otorga la Delegación de Alumnos. Un homenaje anual a la docencia que nace de la mirada del estudiante. Porque sus alumnos cuentan que lo fueron, siempre tentados de ponerlo en el cv como mérito. Y sin duda lo es.

Don Clemente en una de sus excursiones con su amigo Juan Guillamon


Esa sensibilidad no era pose. Encabezó movilizaciones para impedir una carretera que habría destrozado parte del entorno de las hoces del Duero, en Soria. Defendía el paisaje con argumentos de ciudadano y de técnico, pero también de poeta: porque sabía que el territorio no es una hoja en blanco, sino un texto escrito a lo largo de siglos, y que una obra pública pierde legitimidad si se comporta como si el país fuese un solar sin memoria.

En su mesa convivían planos y libros, informes y archivos. Publicó más de un centenar de artículos en revistas especializadas en defensa de esa compatibilidad entre técnica y patrimonio, y dejó trabajos que revelan una curiosidad renacentista. Ahí está Patrimonio geológico del Camino de Santiago (1999), donde el itinerario se lee también en términos de relieve y estratos; y ahí está su contribución a la coral Historia de Soria (los capítulos titulados Soria durante la Reconquista y Marco territorial ), que muestra al ingeniero atento a los ritmos largos de la historia local, a los nombres del terreno y a las huellas de las comunidades que lo habitaron. La geología, para él, era el cuaderno de bitácora del territorio, escrito para comprender mejor el lugar donde se construye… si sabemos leerlo.

Esa amplitud intelectual explica que su prestigio excediera la estricta técnica. Fue académico correspondiente de las Reales Academias de Bellas Artes y de la Historia; participó en instituciones civiles y culturales de su tierra; y entendió la profesión como servicio, también desde las organizaciones profesionales: llegó a ser vicepresidente del Colegio y presidente de la Asociación de Ingenieros de Caminos. La necrológica de El País recordaba, además, un reconocimiento internacional de la American Society of Civil Engineers, que lo nombró International Honorary Fellow Member.

Hay una clave más íntima que completa el retrato, su conciencia de eslabón, de correa de transmisión. Hijo de Clemente Sáenz García —ingeniero de Caminos y académico numerario de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales—, aprendió pronto que el conocimiento no es un lujo, sino una obligación. Y fue, a su vez, padre de una familia numerosa: casado con Teresa Sanz Larrea, tuvieron seis hijos, uno también ingeniero de caminos. La transmisión intergeneracional fue tarea diaria, en el hogar y en el aula, con la paciencia del que busca el cumplimiento del deber y no el aplauso.

Por eso, veinte años después de su muerte, la vida de Clemente Sáenz Ridruejo recuerda que la ingeniería, cuando es mejor, es también una vocación moral: que una infraestructura no se justifica solo por lo que acorta o por lo que produce, sino por la calidad de mundo que deja detrás; que la técnica, sin cultura, se vuelve ciega; y que la cultura, sin técnica para mejorar la vida de las personas, es retórica.
En el buen sentido de la palabra, don Clemente fue un hombre bueno. Bueno por firme, por coherente, por generoso, por resistente, y doblemente bueno, porque lo fue sin dejar de ser libre, en los términos en que Descartes entendía la palabra. Su legado no es solo una obra o una bibliografía; es una medida, por contraste, de la sumisa mediocridad contemporánea, tanto en lo personal como en lo profesional. La medida de un ingeniero que consiguió que, serlo hasta las últimas consecuencias, le permitiera defender a la profesión y a los ciudadanos al mismo tiempo. Y la medida de un hombre que enfrentó los golpes del destino, y créanme que los hubo, con la entereza y discreción del héroe.

Ramiro Aurín Lopera

Ramiro Aurín Lopera

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