Abdicar de pensar: la estrategia de los servidores del régimen cubano
El Ingeniero Cubano es un seudónimo detrás del cual hay un ingeniero que desde hace unos meses reside en España pero que tiene a su familia en Cuba y no puede firmar con su nombre por temor a las represalias del régimen castrista. Durante las próximas semanas compartirá en El Periódico de la Ingeniería sus reflexiones sobre la ingeniería y las infraestructuras en Cuba. Hoy reproducimos su primer artículo.
La permanencia de un sistema autoritario no depende únicamente de quienes lo diseñan desde el poder, sino también de quienes lo ejecutan diariamente; así es en el régimen cubano, donde existe una red de funcionarios (clarias) y colaboradores (chivatos) que sostienen la maquinaria estatal con sus actos cotidianos. La mayoría no comparten la convicción ideológica profunda implantada durante décadas, más bien optan por una forma de renuncia mental: la abdicación del pensamiento crítico, lo que les permite continuar participando en prácticas que afectan a sus propios compatriotas.
Esta disonancia cognitiva acumulada termina quebrando a las personas a un extremo o en el otro: aquellos que “explotan” y saltan a reclamar sus derechos secuestrados, y los que buscan una justificación para delegar su responsabilidad moral en una estructura superior; convenciéndose de que solo cumplen órdenes, sustituyendo la reflexión ética por la obediencia mecánica. En ese proceso, la conciencia se anestesia poco a poco, lo que en otro contexto resultaría inaceptable, termina normalizándose.
El incentivo para esa renuncia suele ser pragmático y temporal. Algunos obtienen privilegios materiales modestos: acceso a recursos escasos, mejores condiciones laborales o una cuota de poder sobre otros ciudadanos; estos beneficios, aunque limitados, resultan significativos en un entorno de escasez generalizada. La estructura del sistema fomenta precisamente esa dinámica: recompensar la lealtad práctica, no la reflexión; siendo que el cálculo inmediato sustituye al juicio moral.
En esa lógica, el maltrato o la arbitrariedad contra otros ciudadanos se vuelve parte del funcionamiento cotidiano. Un funcionario que niega un trámite injustamente o un policía que reprime una protesta puede justificarse diciendo que “solo hace su trabajo”. La distancia psicológica entre el acto y sus consecuencias se convierte en una herramienta de autoprotección moral, de modo que la responsabilidad se diluye en la estructura del poder.
La paradoja es que muchos de estos colaboradores comparten las mismas dificultades que el resto de la población: escasez, limitaciones y falta de libertades, aunque en menor grado; y todo bajo la misma idea insolidaria, “estar mejor que los demás”. Así entonces, el régimen ha logrado convertirlos en engranajes que reproducen esas mismas condiciones, sustentando el refuerzo de la obediencia bajo el temor de perder esos pequeños privilegios adquiridos; y con el tiempo, la adaptación se ha vuelto hábito, y en este caso, el hábito sí hace al monje.
Lamentablemente, entre todos esos colaboradores “necesarios” hay muchos que son ingenieros como nosotros; personas formadas para pensar, cuestionar y construir soluciones, pero que terminan atrapadas en una lógica donde la técnica se separa de la ética. Cuando el conocimiento se pone al servicio de la inercia y no de la transformación, se convierte en una herramienta más del sistema que perpetúa aquello que debería corregir. El desafío, entonces, no es solo político o social, sino profundamente personal: recuperar la capacidad de pensar con honestidad, asumir la responsabilidad de nuestros actos y entender que ninguna estructura, por sólida que parezca, se sostiene sin la suma de voluntades individuales.

Ninguna élite quiere una base que piense y defender el interés propio nos convierte en comerciantes. El modelo social cubano funciona como una aristocracia donde la única vía de ascenso social oficial es complacer a los jefes y eso crea una distancia insalvable entre ellos y la base.
Es un modo de vida, digo a los jefes lo que quieren oír y así asciendo. Todo lo contrario al pretendido hombre nuevo que declara el discurso oficial.
Cuba es una disonancia radical entre la teoría y la practica, donde la segunda no es una adaptación de la primera a las condiciones objetivas, es una negación completa.