Cuando Bruselas borra los tomates y España esquiva baches
España amanece cada día con una nueva incidencia. Lluvias intensas, carreteras cortadas, trenes detenidos y ciudadanos consultando aplicaciones de tráfico como quien mira el parte meteorológico antes de salir de casa. El temporal ha dejado una estampa conocida: infraestructuras saturadas, mantenimiento deficiente y una gestión pública que siempre parece sorprendida, como si la lluvia fuera un fenómeno novedoso descubierto esta misma semana.
Pero mientras aquí el agua se desborda y pone al descubierto las deficiencias, en Bruselas el problema no es la lluvia. Allí lo que se ha desbordado es la estadistica y lo que ha desaparecido, directamente, son los datos. Porque en él siempre ordenado universo estadístico de la Unión Europea, los tomates procedentes de Marruecos y del Sáhara Occidental han dejado de existir. No en los mercados, ni en los camiones, ni en los lineales de los supermercados. Han desaparecido de las estadísticas oficiales. Literalmente.
Las cifras de importación han dejado de actualizarse en la web de la Comisión Europea. Según los datos disponibles, estos tomates han caído a niveles irrisorios, muy por debajo de lo habitual. Una afirmación tan creíble como asegurar que, con las carreteras españolas en el estado actual, nadie ha sufrido retrasos ni desvíos. La realidad, como casi siempre, va por otro carril: los envíos de tomates continúan llegando con normalidad y los precios no reflejan en absoluto una retirada masiva del producto. Pero los números dicen lo contrario. Y contra eso, poco se puede hacer.
La Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) ha tenido la osadía de señalar lo obvio: que esta falta de transparencia no tiene precedentes y supone una amenaza directa para miles de explotaciones agrícolas europeas, especialmente españolas. Y no hablamos de una sospecha sin fundamento. El propio comisario europeo de Agricultura, Christophe Hansen, ha reconocido que existen graves problemas en la información sobre estas importaciones, señalando a las autoridades aduaneras de algunos Estados miembros. Traducido: nadie sabe exactamente qué entra, cuánto entra ni cómo se controla.
El paralelismo con el estado de las infraestructuras es inevitable. Igual que circular hoy por muchas carreteras y vías ferroviarias españolas es un ejercicio de fe: retrasos, baches, desvíos improvisados, señales confusas y tramos cortados que aparecen y desaparecen según el día. Algo parecido ocurre con el mercado agrario europeo. Se nos pide confianza mientras se eliminan referencias claras, se oscurecen los datos y se delega el control en terceros. Todo muy fluido, muy moderno y, sobre todo, muy opaco.
Por si el panorama no fuera suficientemente confuso, la Unión Europea decidió recientemente innovar en materia de etiquetado. A partir de ahora, los productos procedentes del Sáhara Occidental podrán no indicar país de origen, sino una vaga referencia regional. Un pequeño cambio técnico que, casualmente, facilita aún más la desaparición del rastro estadístico. Para completar el cuadro, los certificados de conformidad podrán ser emitidos por las propias autoridades marroquíes. Controlar y ser controlado al mismo tiempo: eficiencia administrativa elevada a la categoría de arte.
Mientras tanto, Bruselas sigue avanzando hacia una mayor liberalización comercial con Marruecos. o sin querer saber cuántos tomates cruzan realmente la frontera. Se celebran consejos de asociación, aniversarios de acuerdos y reuniones estratégicas para profundizar en la integración. Todo ello mientras no se es capaz de ofrecer información veraz y actualizada sobre el volumen real de importaciones. Algo así como planificar nuevas líneas ferroviarias sin saber cuántos trenes funcionan o cuántos tramos necesitan una reparación urgente.
El resultado de la actual politica agraria europea es un modelo que beneficia a grandes operadores y deja a los productores medianos y pequeños a la intemperie, igual que las carreteras mal mantenidas dejan a los conductores a merced del clima. Y como ocurre siempre tras un temporal, cuando el agua se retira queda al descubierto lo que ya estaba mal antes: no era solo culpa de la lluvia, ni del tráfico, ni del mercado internacional. Era falta de mantenimiento, de control y de voluntad política.
Al final, el paisaje es coherente de principio a fin: carreteras deterioradas, ferrocarriles frágiles y mercados agrícolas gestionados a base de fe. Y es que el sector agrario europeo asiste a un espectáculo inquietante en el que la opacidad se normaliza, la responsabilidad se diluye y la transparencia se trata como un lujo prescindible. Y mientras tanto, se nos pide calma, confianza y paciencia. Exactamente lo mismo que se le pide a quien espera horas en un arcén o en un andén vacío, mirando al cielo y preguntándose cuándo empezó todo a descarrilar.

